Son las 12:12 p.m. Es una hora simpática. Afuera hace frío y los árboles duermen, desnudos de hojas y cargados de paciencia. Los gruñidos de los autobuses ya se detuvieron y el esporádico ruido de los coches que cruzan la 45 no llega hasta mis tímpanos: una hermosa pared construída por el sonido del saxofón de Pharaoh Sanders los detiene.
Sé que las barras están abiertas y que el mar sigue en su lugar... pero me importa poco. Hoy opté por sobrevolar algunos periódicos sin bucear en las sucias aguas de ninguno de ellos. La falta de noticias fúnebres y deprimentes en demasía no me trajo la felicidad que esperaba.
Empezaron las clases y soy el único periodista en las dos clases que tomé hoy. ¿Qué carajos se me perdió en Antropología (Teoría Crítica y Postcolonial)... ¿acaso no vengo yo de una puta colonia que se resquebraja a diario bajo el peso de la ineptitud? ¿Qué estoy buscando en una clase del departamento de Historia (Género, Raza e Identidad Nacional en el Sigo 20)... ¿acaso no soy yo el primer defensor de la idea de que la hitoria sólo contiene veneno? ¿En qué cajón metí mi carpe diem? ¡Memento mori!
Hay una película empezada durmiendo en el DVD. Hay un libro de Woody Allen en el sofá. Hay una ventana cerca de mi por la cual no he mirado al mundo hoy.
Supongo que el día, un amasijo de minutos recién nacidos, promete mucho para aquellos que creen en las promesas. En mi opinión, que es la mejor que tengo a mano, no se puede esperar mucho de un día que llegó de noche, con frío, con hambre y un jueves. Nada se puede esperar de un día que llegó sin fanfarria o festejo alguno, sin un cambio al menos meridianamente perceptible. Rezaría, pero a veces me parece que Dios está tan muerto como Nietzsche.
¿Y mi futuro? Bueno... aún me queda terminar esta maldita entrada y lavarme los dientes. ¿Quién dijo nihilismo?
jueves, 21 de enero de 2010
miércoles, 13 de enero de 2010
El pseudointelectual isleño
Puerto Rico es un país que se debate entre la estupidez política, la costumbre del mantengo y la delincuencia rampante... pero eso no es todo. Durante el mes de diciembre tuve la mala suerte de ver de cerca, y de leer cada mañana, una especie de energúmeno que me causa un incómodo sarpullido testicular: el pseudointelectual boricua.
Todos los hemos visto: paseándose por Borders en busca de la última aberración literaria de Pablo Conejo, sentados en cafés pontificando sobre cine como si hubiesen hecho un doctorado en cine en NYU, discutiendo sobre política en la fila del banco, etc. También los hemos leído en la plétora de blogs mediocres que ahora plagan las versiones digitales de nuestros diarios o los que conforman la masa de la blogosfera. Son enanos mentales que escriben en los periódicos haciendo alarde de un vocabulario recién aprendido, rebuscado e innecesario mientras regurgitan gastados discursos inútiles o se apoyan en citas o clichés para presentar algún punto tontaina o pensamiento reciclado que creen original en demasía.
Estas personas pueden ser hombres como el sacrosanto padre de la humortivación, el señor Silverio Pérez, o mujeres como la negritud personificada y martirizada que representa Mayra Santos Febres... escritora cuyo cénit literario fue saludar a Arturo Pérez Reverte una vez mientras recogía no sé qué premio...
Estos sujetos son esos que ves por ahí, vanagloriándose de que hicieron un bachillerato en Wichupita College allá en Estados Unidos o recomendando algún disco de música pop con la autoridad de aquel que vive convencido de que sabe algo de música. Los pseudointelectuales puertorriqueños son una especie que, como en todo lo demás que se hace en la Isla, tienen más de cuento, de fachada, que lo que realmente pueden tener de intelectuales. Estos sujetos dicen que son escritores, artistas plásticos, actores o músicos mientras pasan sus días en una oficinita gubernamental, friendo papas en un fast food, pidiéndole dinerito a papá o soñando con la mierda que van a comer cuando salgan de ese detestable ocho a cinco que tanto les impide dar rienda suelta a sus maravillosos dotes histriónicos, artísticos o literarios.
Es fácil ver a estos animales en manadas: sólo se aguantan entre ellos. Es más fácil aún aplicarles un poco de deconstrucción derridariana a su débil discurso de manera tal que queden desnudos y asustados, abrazados a su propia memez como aquel que se aferra a un árbol para que no se lo lleve el viento. Lo que estos enanos mentales con ínfulas de intelectuales no entienden es que ser un intelectual orgánico requiere trabajo, dedicación y un compromiso valiente e inalienable con todo aquello que se dice o se escribe. En otras palabras: para ser un intelectual hay que tener cojones y estar dispuesta a trabajar e incluso a darse de ostias con alguien en caso de que no les guste lo que dices.
La próxima vez que hablen con alguien que no sabe la diferencia entre un cinéfilo con demasiadas opiniones y un crítico de cine o escuchen una palabra mal usada salir de la boca de una de esas Susan Sontag que mastican chicle, escuchan Shakira y leen libritos de superación... tengan la bondad, mis queridos lectores, de poner en tela de juicio todo lo que digan, corregirlos si es necesario y darle de palos a lo que escupan: sólo así podremos comenzar a poner a la gente en su sitio.
Todos los hemos visto: paseándose por Borders en busca de la última aberración literaria de Pablo Conejo, sentados en cafés pontificando sobre cine como si hubiesen hecho un doctorado en cine en NYU, discutiendo sobre política en la fila del banco, etc. También los hemos leído en la plétora de blogs mediocres que ahora plagan las versiones digitales de nuestros diarios o los que conforman la masa de la blogosfera. Son enanos mentales que escriben en los periódicos haciendo alarde de un vocabulario recién aprendido, rebuscado e innecesario mientras regurgitan gastados discursos inútiles o se apoyan en citas o clichés para presentar algún punto tontaina o pensamiento reciclado que creen original en demasía.
Estas personas pueden ser hombres como el sacrosanto padre de la humortivación, el señor Silverio Pérez, o mujeres como la negritud personificada y martirizada que representa Mayra Santos Febres... escritora cuyo cénit literario fue saludar a Arturo Pérez Reverte una vez mientras recogía no sé qué premio...
Estos sujetos son esos que ves por ahí, vanagloriándose de que hicieron un bachillerato en Wichupita College allá en Estados Unidos o recomendando algún disco de música pop con la autoridad de aquel que vive convencido de que sabe algo de música. Los pseudointelectuales puertorriqueños son una especie que, como en todo lo demás que se hace en la Isla, tienen más de cuento, de fachada, que lo que realmente pueden tener de intelectuales. Estos sujetos dicen que son escritores, artistas plásticos, actores o músicos mientras pasan sus días en una oficinita gubernamental, friendo papas en un fast food, pidiéndole dinerito a papá o soñando con la mierda que van a comer cuando salgan de ese detestable ocho a cinco que tanto les impide dar rienda suelta a sus maravillosos dotes histriónicos, artísticos o literarios.
Es fácil ver a estos animales en manadas: sólo se aguantan entre ellos. Es más fácil aún aplicarles un poco de deconstrucción derridariana a su débil discurso de manera tal que queden desnudos y asustados, abrazados a su propia memez como aquel que se aferra a un árbol para que no se lo lleve el viento. Lo que estos enanos mentales con ínfulas de intelectuales no entienden es que ser un intelectual orgánico requiere trabajo, dedicación y un compromiso valiente e inalienable con todo aquello que se dice o se escribe. En otras palabras: para ser un intelectual hay que tener cojones y estar dispuesta a trabajar e incluso a darse de ostias con alguien en caso de que no les guste lo que dices.
La próxima vez que hablen con alguien que no sabe la diferencia entre un cinéfilo con demasiadas opiniones y un crítico de cine o escuchen una palabra mal usada salir de la boca de una de esas Susan Sontag que mastican chicle, escuchan Shakira y leen libritos de superación... tengan la bondad, mis queridos lectores, de poner en tela de juicio todo lo que digan, corregirlos si es necesario y darle de palos a lo que escupan: sólo así podremos comenzar a poner a la gente en su sitio.
martes, 5 de enero de 2010
Lo mejor y lo peor del 2009
Harto de leer periódicos y blogs con banales recuentos de un año a todas luces mierdoso para el planeta, decidí hacer de mi recuento uno literario. Con esa idea en mente les dejo los mejores y los peores 10 libros del año... aunque bien saben ustedes que lo de los peores lo hago sólo por incordiar.
Lo mejor:
10- Travels with Lizbeth de Lars Eighner. Ballantine Books, 274 páginas. Este librito es un clásico de contracultura en Texas. Eighner, un homosexual sin casa y con mucho sentido del humor, relata con particular acidez los tres años que pasó tirado en la calle con su fiel perrita Lizbeth. Los capítulos sobre "parasitismo institucional" y "Dumpster-diving" son joyas que todo el mundo debería conocer.
9- The Empanada Brotherhood de John Nichols. Chronicle Books, 256 páginas. En esta novela autobiográfica, Nichols relata las peripecias que vivió en un pequeño negocio argentino cuando aún era un escritor hambriento y enamorado de una bailadora de flamenco. Triste y a la vez jocosa, tierna y simultáneamente depresiva y frustrante, la novela trata la amistad y las despedidas, el amor y el desamor y las largas noches llenas de historias de manera tal que todos podemos vernos un poco dentro de ella.
8- Serpent Girl de Matthew Carnahan. Villard, 208 páginas. Esta es una novelita que se lee en una tarde pero te deja la cabeza deliciosamente sucia por algunos días más. Toda novela que empiece con un hombre que se levanta desnudo en un desierto con un dolor de huevos que no agunta, merece ser leída con detenimiento. El resto de la trama incluye una mujer sin brazos ni piernas que trabaja en un circo (de ahí el nombre), el hombre que la engaña para robarle, los Hell`s Angels, muchas drogas, explosiones y suficiente violencia y humor para mantener a cualquiera entretenido un rato.
7- Snitch jacket de Christopher Goffard. Overlook TP, 272 páginas. Un libro sobre soplones. Violento, rápido, inteligente y divertido. Aunque lejos de genial, éste libro fue lo único que se interpuso entre el suicidio y yo cuando tuve que sobrevivir una visita de tres días a Oklahoma.
6- The Brief History of the Dead de Kevin Brockmeier. Vintage, 272 páginas. Un virus letal mata a los humanos y deja la tierra vacía... pero la vida sigue en otro lado: una ciudad a la que la gente llega desconcertada pero con la memoria intacta y se dedican a esperar la llegada de sus familiares. En la tierra, la última persona viva, una mujer encerrada en una estación de investigación en Antártica, se debate entre la vida y la muerte... aferrada a lo único que tenemos: nuestros recuerdos. Una interestane exploración de la muerte y de la memoria.
5- The Last Night of the Earth Poems de Charles Bukowski. Ecco, 408 páginas. Un Bukowski setentón se preocupa por la muerte. Dinosauria, We, The Telephone y The Bluebird, por mencionar algunas gotas de genialidad (y, de paso, algunos de mis poemas favoritos) están encerrados dentro de esta maravilla de poemario.
4- The Autobiography of a Brown Buffalo de Oscar Zeta Acosta. Vintage, 208 páginas. Zeta Acosta es la versión de la vida real del personaje que interpreta Benicio del Toro en la película Fear and Loathing in Las Vegas: el mejor amigo y abogado de Hunter S. Thompson. Un libro tan brutalmente real que bordea el surrealismo, la autobiografía de Zeta Acosta (que luego desapareció y nadie sabe dónde carajos fue a parar hasta el sol de hoy) es una tragicomedia llena de crítica, drogas, personajes más grandes que la vida misma y algo de dolor y frustración. Un individuo que llegó a pensar que su vómito encerraba obras de arte se merece que lean su autobiografía.
3- The Outlaw Bible of American Litearture de un triunvirato de editores. Thunder`s Mouth Press, 662 páginas. No soy muy fanático de leer lo que otros creen que debo leer. Aún así, no me puedo quejar de lo que seleccionaron estos individuos. Con nombres como Hunter S. Thompson, Ken Kesey, Ray Bradbury, Bob Dylan, Harry Crews, Barry Gifford, Boxcar Bertha, Tom Wolfe, Miles Davis y Jack Kerouoac sumándose a sorpresas como ensayos de Snoop Dogg, DMX y Charles Mingus, este libro es una Caja de Pandora con muchas sorpresas gratas a lo largo del camino.
2- Aquí hubo un empate!
Been Down So Long It Looks Like Up To Me de Richard Fariña. Penguin Classics, 352 páginas. Fariña era un genio: basta con el título del libro para darse cuenta. Este libro te hace reír a carcajadas y luego te suelta una diatriba a ritmo de jazz sobre las grandes interrogantes del universo, un poco de política, alguna queja del sistema, un viaje a Cuba casi muriéndose de sífilis, la vida universitaria o cualquier otra cosa... y lo hace de tal forma que nunca te soprenden las transiciones. Además, para los fanáticos de la música, el ritmo del libro es parecido a lo mejor de Kerouac: lee como un solo de Coltrane. A las dos semanas de salir el libro a la calle, Fariña se despeñó con su motocicleta por un barranco de una montaña en California. Creo que ese es el fin que buscaba.
The Assault de Reinaldo Arenas. Penguin, 176 páginas. Pueden llamarlo una obra e ciencia ficción o una crítica al régimen cubano con la misma facilidad. El libro es violento y corto, pero se te queda en la cabeza para siempre.
1- Journey to the End of the Night de Louis-Ferdinand Cèline. New Directions, 464 páginas. Dura, llena de humor noir, irreverente, violenta, creativa y supurando el estilo explosivo de la prosa de Cèline... esta novela vale su peso en oro. Bardamu es un personaje de esos que jamás olvidas: un anti-héroe sarcástico, nihilista, e inconforme. Mis torpes palabras jamás podrán hacerle justicia a esta obra. Resumo: Cèline es un genio. Éste es, sin duda, el libro que Dios escribió una noche de borrachera en la que estaba deprimido por el asqueroso invento ese llamado hombre.
Al ir pensando en lo que escribía se me hizo difícil hacer una lista de sólo 10 títulos. Por ello, me siento obligado a otorgar algunas menciones honoríficas (Ja!): The Stepford Wives de Ira Levin (Harper, 144 páginas), The Codex de Douglas Preston (Tor Books, 416 páginas), Vox de Nicholson Baker (Vinatge, 176 páginas), City on fire (HarperCollins, 406 páginas), State of Mind de John Katzenbach (Ballantine, 544 páginas), Out of Sight de Elmore Leonard (Harper, 368 páginas), On Desert Trails with Everett Ruess (Gibbs Smith, 144 páginas) y Water for Elephants de Sara Gruen (Algonquin Books, 350 páginas).
Bien, ahora pasemos a los peor. Aunque soy un tipo que escoge bastante lo que lee, el hecho de que leo todo el tiempo aumenta las probabilidades de que me tope con libros que no me gustan, que no cumplen con lo que yo esperaba de ellos o que simplemente son malos.
10- Babylon Babies de Maurice G. Dantec. Semiotexte, 526 páginas. Este libro no es malo, el problema es que no soy fan de esa mezcla de novela postapocalíptica con aventuras, amor, subcultura punk, fantasía, exploraciones cerebrales y guerra. En defensa de la misma, puedo decir que, aunque la lectura se hizo en ocasiones un poco frustrante, nunca me aburrí.
9- Cruisers de Craig Nova. Vintage, 320 páginas. Lenta, aburrida y sosa. Es como leer el primer intento del guión de Fargo.
8- Lolita de Vladimir Nabokov. Vinatge, 400 páginas. Maldito hereje! Ya, ya: Lolita es un clásico. Fantástico, me importa poco. Nabokov escribía muy bien, pero después de escuchar sobre Lolita durante tantos años... esperaba tantísimo más. Me aburrí un poco y no me avergüenza decirlo.
7- Against the Day de Thomas Pynchon. Penguin, 1104 páginas. Pynchon es uno de esos escritores que hay que leer para ser alguien. Terminar esas mil y pico de páginas fueron un logro por lo siguiente: hay pedacitos del libro escritos en otros idiomas (para ser exactos, en este libro encuentras inglés, español, alemán e italiano, por mencionar algunos), la trama se bandea entre la ciencia ficción y un libro de aventuras... o detectives o una novela de amor o cualquier otra cosa. Ahora entiendo por que a la literatura de Pynchon la catalogan de enciclopédica. Como todo se debe probar dos veces, en mi estatntería tengo Mason and Dixon, un ladrillito de 784 páginas que espero leer este año... pero no antes de verano.
6- Everyman de Philip Roth. Vintage, 182 páginas. Uno de los escritores americanos quintaesencial, Roth me aburre. Una novelo sobre los achaques de salud de un tipo con poco cerebro... poco más puedo decir.
5- Bliss de Peter Carey. Vintage, 304 páginas. Tan imcomprensible como lenta y aburrida. Prefiero ir al dentista antes que tener que volver a leer esta novela.
4- Lizard de Banana Yoshimoto. Washington Square Press, 192 páginas. Esta japonesa tiene de escritor lo que tengo yo de neurocirujano. Esta es la contestación asiática a la colección de feministas histéricas con poco que decir que actualmente compenen el grupo más grande de la literatura latinoamericana.
3- Honey and Junk de Dana Goodyear. W.W. Norton adn Co., 72 páginas. Lo mejor de este poemario es que es cortísimo.
2- Christopher Unborn de Carlos Fuentes. Dalkey Archive Press, 531 páginas. Tan original que se repite a si mismo. Un libro largo y tedioso, plagado de ese constante juego con el lenguaje que tanto me cansa en Guillermo Cabrera Infante... y que también me cansó aquí. Fuentes es uno de los grandes... pero esta novela me pareció un largo asco.
1- Pussy, King of the Pirates de Kathy Acker. Grove Press, 288 páginas. Una novela que empieza en ningún sitio, se mueve lentamente hacia la nada y termina igual que empezó... acordándose por el camino de no decir nada importante, simpático u original. Esta novela llena de dibujitos tontos debería venir con una dósis de cianuro para que podamos optar por otra salida que no sea terminar de leerla.
Ahí los tienen! En lo que va de año he disfrutado de The Road de Cormac McCarhty (espero que la película sea la mitad de buena), Snuff de Chuck Palahniuk (EXCELENTE!) y estoy digiriendo Jolie Blon´s Bounce de James Lee Burke... y les deseo un año lleno de libros
Como nota aclaratoria, en caso de que a alguien le haga falta, basta con decir que estos libros son algunos de los que leí este año y que no salieron al mercado en este año. Además, las opiniones aquí vertidas son las mías y las de nadie más... y al que no le gusten, que se joda: este es mi blog y digo aquí lo que me da la gana.
P.D. Vengo pronto con una descarga contra la panda de pseudointelectuales que pueblan este alicaído país...
Lo mejor:
10- Travels with Lizbeth de Lars Eighner. Ballantine Books, 274 páginas. Este librito es un clásico de contracultura en Texas. Eighner, un homosexual sin casa y con mucho sentido del humor, relata con particular acidez los tres años que pasó tirado en la calle con su fiel perrita Lizbeth. Los capítulos sobre "parasitismo institucional" y "Dumpster-diving" son joyas que todo el mundo debería conocer.
9- The Empanada Brotherhood de John Nichols. Chronicle Books, 256 páginas. En esta novela autobiográfica, Nichols relata las peripecias que vivió en un pequeño negocio argentino cuando aún era un escritor hambriento y enamorado de una bailadora de flamenco. Triste y a la vez jocosa, tierna y simultáneamente depresiva y frustrante, la novela trata la amistad y las despedidas, el amor y el desamor y las largas noches llenas de historias de manera tal que todos podemos vernos un poco dentro de ella.
8- Serpent Girl de Matthew Carnahan. Villard, 208 páginas. Esta es una novelita que se lee en una tarde pero te deja la cabeza deliciosamente sucia por algunos días más. Toda novela que empiece con un hombre que se levanta desnudo en un desierto con un dolor de huevos que no agunta, merece ser leída con detenimiento. El resto de la trama incluye una mujer sin brazos ni piernas que trabaja en un circo (de ahí el nombre), el hombre que la engaña para robarle, los Hell`s Angels, muchas drogas, explosiones y suficiente violencia y humor para mantener a cualquiera entretenido un rato.
7- Snitch jacket de Christopher Goffard. Overlook TP, 272 páginas. Un libro sobre soplones. Violento, rápido, inteligente y divertido. Aunque lejos de genial, éste libro fue lo único que se interpuso entre el suicidio y yo cuando tuve que sobrevivir una visita de tres días a Oklahoma.
6- The Brief History of the Dead de Kevin Brockmeier. Vintage, 272 páginas. Un virus letal mata a los humanos y deja la tierra vacía... pero la vida sigue en otro lado: una ciudad a la que la gente llega desconcertada pero con la memoria intacta y se dedican a esperar la llegada de sus familiares. En la tierra, la última persona viva, una mujer encerrada en una estación de investigación en Antártica, se debate entre la vida y la muerte... aferrada a lo único que tenemos: nuestros recuerdos. Una interestane exploración de la muerte y de la memoria.
5- The Last Night of the Earth Poems de Charles Bukowski. Ecco, 408 páginas. Un Bukowski setentón se preocupa por la muerte. Dinosauria, We, The Telephone y The Bluebird, por mencionar algunas gotas de genialidad (y, de paso, algunos de mis poemas favoritos) están encerrados dentro de esta maravilla de poemario.
4- The Autobiography of a Brown Buffalo de Oscar Zeta Acosta. Vintage, 208 páginas. Zeta Acosta es la versión de la vida real del personaje que interpreta Benicio del Toro en la película Fear and Loathing in Las Vegas: el mejor amigo y abogado de Hunter S. Thompson. Un libro tan brutalmente real que bordea el surrealismo, la autobiografía de Zeta Acosta (que luego desapareció y nadie sabe dónde carajos fue a parar hasta el sol de hoy) es una tragicomedia llena de crítica, drogas, personajes más grandes que la vida misma y algo de dolor y frustración. Un individuo que llegó a pensar que su vómito encerraba obras de arte se merece que lean su autobiografía.
3- The Outlaw Bible of American Litearture de un triunvirato de editores. Thunder`s Mouth Press, 662 páginas. No soy muy fanático de leer lo que otros creen que debo leer. Aún así, no me puedo quejar de lo que seleccionaron estos individuos. Con nombres como Hunter S. Thompson, Ken Kesey, Ray Bradbury, Bob Dylan, Harry Crews, Barry Gifford, Boxcar Bertha, Tom Wolfe, Miles Davis y Jack Kerouoac sumándose a sorpresas como ensayos de Snoop Dogg, DMX y Charles Mingus, este libro es una Caja de Pandora con muchas sorpresas gratas a lo largo del camino.
2- Aquí hubo un empate!
Been Down So Long It Looks Like Up To Me de Richard Fariña. Penguin Classics, 352 páginas. Fariña era un genio: basta con el título del libro para darse cuenta. Este libro te hace reír a carcajadas y luego te suelta una diatriba a ritmo de jazz sobre las grandes interrogantes del universo, un poco de política, alguna queja del sistema, un viaje a Cuba casi muriéndose de sífilis, la vida universitaria o cualquier otra cosa... y lo hace de tal forma que nunca te soprenden las transiciones. Además, para los fanáticos de la música, el ritmo del libro es parecido a lo mejor de Kerouac: lee como un solo de Coltrane. A las dos semanas de salir el libro a la calle, Fariña se despeñó con su motocicleta por un barranco de una montaña en California. Creo que ese es el fin que buscaba.
The Assault de Reinaldo Arenas. Penguin, 176 páginas. Pueden llamarlo una obra e ciencia ficción o una crítica al régimen cubano con la misma facilidad. El libro es violento y corto, pero se te queda en la cabeza para siempre.
1- Journey to the End of the Night de Louis-Ferdinand Cèline. New Directions, 464 páginas. Dura, llena de humor noir, irreverente, violenta, creativa y supurando el estilo explosivo de la prosa de Cèline... esta novela vale su peso en oro. Bardamu es un personaje de esos que jamás olvidas: un anti-héroe sarcástico, nihilista, e inconforme. Mis torpes palabras jamás podrán hacerle justicia a esta obra. Resumo: Cèline es un genio. Éste es, sin duda, el libro que Dios escribió una noche de borrachera en la que estaba deprimido por el asqueroso invento ese llamado hombre.
Al ir pensando en lo que escribía se me hizo difícil hacer una lista de sólo 10 títulos. Por ello, me siento obligado a otorgar algunas menciones honoríficas (Ja!): The Stepford Wives de Ira Levin (Harper, 144 páginas), The Codex de Douglas Preston (Tor Books, 416 páginas), Vox de Nicholson Baker (Vinatge, 176 páginas), City on fire (HarperCollins, 406 páginas), State of Mind de John Katzenbach (Ballantine, 544 páginas), Out of Sight de Elmore Leonard (Harper, 368 páginas), On Desert Trails with Everett Ruess (Gibbs Smith, 144 páginas) y Water for Elephants de Sara Gruen (Algonquin Books, 350 páginas).
Bien, ahora pasemos a los peor. Aunque soy un tipo que escoge bastante lo que lee, el hecho de que leo todo el tiempo aumenta las probabilidades de que me tope con libros que no me gustan, que no cumplen con lo que yo esperaba de ellos o que simplemente son malos.
10- Babylon Babies de Maurice G. Dantec. Semiotexte, 526 páginas. Este libro no es malo, el problema es que no soy fan de esa mezcla de novela postapocalíptica con aventuras, amor, subcultura punk, fantasía, exploraciones cerebrales y guerra. En defensa de la misma, puedo decir que, aunque la lectura se hizo en ocasiones un poco frustrante, nunca me aburrí.
9- Cruisers de Craig Nova. Vintage, 320 páginas. Lenta, aburrida y sosa. Es como leer el primer intento del guión de Fargo.
8- Lolita de Vladimir Nabokov. Vinatge, 400 páginas. Maldito hereje! Ya, ya: Lolita es un clásico. Fantástico, me importa poco. Nabokov escribía muy bien, pero después de escuchar sobre Lolita durante tantos años... esperaba tantísimo más. Me aburrí un poco y no me avergüenza decirlo.
7- Against the Day de Thomas Pynchon. Penguin, 1104 páginas. Pynchon es uno de esos escritores que hay que leer para ser alguien. Terminar esas mil y pico de páginas fueron un logro por lo siguiente: hay pedacitos del libro escritos en otros idiomas (para ser exactos, en este libro encuentras inglés, español, alemán e italiano, por mencionar algunos), la trama se bandea entre la ciencia ficción y un libro de aventuras... o detectives o una novela de amor o cualquier otra cosa. Ahora entiendo por que a la literatura de Pynchon la catalogan de enciclopédica. Como todo se debe probar dos veces, en mi estatntería tengo Mason and Dixon, un ladrillito de 784 páginas que espero leer este año... pero no antes de verano.
6- Everyman de Philip Roth. Vintage, 182 páginas. Uno de los escritores americanos quintaesencial, Roth me aburre. Una novelo sobre los achaques de salud de un tipo con poco cerebro... poco más puedo decir.
5- Bliss de Peter Carey. Vintage, 304 páginas. Tan imcomprensible como lenta y aburrida. Prefiero ir al dentista antes que tener que volver a leer esta novela.
4- Lizard de Banana Yoshimoto. Washington Square Press, 192 páginas. Esta japonesa tiene de escritor lo que tengo yo de neurocirujano. Esta es la contestación asiática a la colección de feministas histéricas con poco que decir que actualmente compenen el grupo más grande de la literatura latinoamericana.
3- Honey and Junk de Dana Goodyear. W.W. Norton adn Co., 72 páginas. Lo mejor de este poemario es que es cortísimo.
2- Christopher Unborn de Carlos Fuentes. Dalkey Archive Press, 531 páginas. Tan original que se repite a si mismo. Un libro largo y tedioso, plagado de ese constante juego con el lenguaje que tanto me cansa en Guillermo Cabrera Infante... y que también me cansó aquí. Fuentes es uno de los grandes... pero esta novela me pareció un largo asco.
1- Pussy, King of the Pirates de Kathy Acker. Grove Press, 288 páginas. Una novela que empieza en ningún sitio, se mueve lentamente hacia la nada y termina igual que empezó... acordándose por el camino de no decir nada importante, simpático u original. Esta novela llena de dibujitos tontos debería venir con una dósis de cianuro para que podamos optar por otra salida que no sea terminar de leerla.
Ahí los tienen! En lo que va de año he disfrutado de The Road de Cormac McCarhty (espero que la película sea la mitad de buena), Snuff de Chuck Palahniuk (EXCELENTE!) y estoy digiriendo Jolie Blon´s Bounce de James Lee Burke... y les deseo un año lleno de libros
Como nota aclaratoria, en caso de que a alguien le haga falta, basta con decir que estos libros son algunos de los que leí este año y que no salieron al mercado en este año. Además, las opiniones aquí vertidas son las mías y las de nadie más... y al que no le gusten, que se joda: este es mi blog y digo aquí lo que me da la gana.
P.D. Vengo pronto con una descarga contra la panda de pseudointelectuales que pueblan este alicaído país...
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Otra vez es navidad

Como quien no quiere la cosa llegó otra vez la Navidad. Con esta época tan especial llegan las cosas que siempre me encanta ver: alienígenas venados brillantes moviéndose de forma mecánica y repetitiva, muñecos de aire en forma de Santa en motora, en bicicleta, jugando al baloncesto o cualquier otra ridiculez, un sinnúmero de animales vestidos de Santa o de reno (¿espantosa mutación genética o travestis de zoológico?) y, lo mejor de todo, gente rabiosa por comprar atosigándose los unos a los otros en centros comerciales en los que el estacionamiento se convierte en moneda de cambio y los humores escalan hasta que, si mis deseos se cumplen, la gente comienza a matarse los unos a los otros.
En esta bella época también podemos apreciar gente que aún debe hasta los zapatos gastando cientos de dólares que no tienen en ponerle más luces a su casa de las que hay en Manhattan. Esta navidad no me cogen de pendejo: ya sé que la tradición de las luces no es más que un racket de la Autoridad de Energía Eléctrica para sacarle el poco jugo que le queda al país. Además, el país entero, en una movida nacional que asemeja una de aquellas victorias de Tito Trinidad, se lanza a la búsqueda de ropa de diseñador para vestir a los gordos de casa, libros de autoayuda para los analfabestias funcionales que conocen, consolas de videojuegos de último modelo para los tontos hijos que apenas saben leer y una plétora de televisores de plasma, cámaras digitales, celulares con Internet y GPS, iPods y demás juguetitos electrónicos que, sim importar su exhorbitante costo, ni se necesitan ni se utilizarán a capacidad por las pezuñas en las que caerán.
¿Y dónde carajo está la crisis esa de la que tanto hablan? Supongo que esa es una cosa de los países tercermundistas y no de una primerísima potencia como Puerto Rico, en donde todo el mundo y su puto perro tiene un trabajo bien remunerado con plan médico y vacaciones pagadas.
Por mi que se carguen a tiros las puertas de los Wal-Mart, asalten todos los Game Stop, saturen las compañías de celulares, hagan filas de tres horas para pagar la última mierda de Pablo Conejo, Silverio Pérez o alguna soberana estupidez de vampiros prepubescentes en Borders, mátense a golpes por un estacionamiento en Plaza, tapen sus arterias con morcilla, pasteles y lechón, beban coquito y ron hasta perder el conocimiento y disparen al aire en celebración de un año que no ha tenido suficientes muertos. Feliz Navidad.
P.D. ¿Alguién sabe dónde esta Tavín Pumarejo?
viernes, 18 de diciembre de 2009
La Idea de Obama
Obama no es un político, es una idea. Esa idea choca con lo que la realidad dice y es por ello que muchas personas sienten que Obama los engañó. Si bien es cierto que Obama, como todo animal político, mintió descaradamente y prometió milagros a diestra y siniestra, la masa hizo lo que mejor sabe hacer: tragarse el cuento con cara de tontos y pedir más. Lo que sigue es una columna que me publicó El Nuevo Día hoy, viernes 18 de diciembre.
La idea de Obama
Gabino Iglesias
Periodista y escritor
En un momento histórico en que la rampante idiocia de un presidente pedía a gritos que éste fuera suplantado por otro diametralmente opuesto, surgió de forma mesiánica la figura de Barack Obama. La enorme popularidad de Obama y la forma en que movilizó el voto sin distinción de color, edad o credo político sumaron una realidad electoral que, a todas luces, no volveremos a ver nunca.
La consecuente victoria se debió en gran medida a la construcción magistral de un discurso basado en principios elementales que, prometidos en aquel contexto histórico, resultaban imprescindibles, elementales y sumamente atractivos: cambio y esperanza. Sin embargo, las expectativas implícitas que los votantes destilaron del explícito compromiso hoy resultan dolorosamente incumplidas.
¿Quién tiene la culpa? Tanto los votantes como Obama.
Obama prometió demasiadas cosas, tanto categórica como tácitamente: he ahí su falta como político. Por otro lado, esa realidad sólo obedecía a su naturaleza de animal político y los votantes creyeron ciegamente en todo lo que salía de su boca: he ahí su craso error. Lo que si está claro es que hay que expiar a Obama de la creación mitómana de la Idea de Obama: esa Idea es culpa de todos los que devoraron el discurso con ansias locas, poco pensamiento crítico y una singular carencia de memoria histórica. Simultáneamente, hay que perdonar al pueblo por haber caído en la trampa en un momento histórico en que parecía que el Apocalípsis se aproximaba de forma súmamente acelerada y la guerra parecía comerse al mundo.
En resumen: el creciente desasosiego con la falta de cambio inmediato, la frustración por la demacrada situación económica y hasta la sorpresa de un prematuro e inmerecido Nobel de la Paz son males que sólo el entendimiento profundo de la situación y la figura REAL puede ayudar a paliar.
Recomencemos.
La idea de Obama
Gabino Iglesias
Periodista y escritor
En un momento histórico en que la rampante idiocia de un presidente pedía a gritos que éste fuera suplantado por otro diametralmente opuesto, surgió de forma mesiánica la figura de Barack Obama. La enorme popularidad de Obama y la forma en que movilizó el voto sin distinción de color, edad o credo político sumaron una realidad electoral que, a todas luces, no volveremos a ver nunca.
La consecuente victoria se debió en gran medida a la construcción magistral de un discurso basado en principios elementales que, prometidos en aquel contexto histórico, resultaban imprescindibles, elementales y sumamente atractivos: cambio y esperanza. Sin embargo, las expectativas implícitas que los votantes destilaron del explícito compromiso hoy resultan dolorosamente incumplidas.
¿Quién tiene la culpa? Tanto los votantes como Obama.
Obama prometió demasiadas cosas, tanto categórica como tácitamente: he ahí su falta como político. Por otro lado, esa realidad sólo obedecía a su naturaleza de animal político y los votantes creyeron ciegamente en todo lo que salía de su boca: he ahí su craso error. Lo que si está claro es que hay que expiar a Obama de la creación mitómana de la Idea de Obama: esa Idea es culpa de todos los que devoraron el discurso con ansias locas, poco pensamiento crítico y una singular carencia de memoria histórica. Simultáneamente, hay que perdonar al pueblo por haber caído en la trampa en un momento histórico en que parecía que el Apocalípsis se aproximaba de forma súmamente acelerada y la guerra parecía comerse al mundo.
En resumen: el creciente desasosiego con la falta de cambio inmediato, la frustración por la demacrada situación económica y hasta la sorpresa de un prematuro e inmerecido Nobel de la Paz son males que sólo el entendimiento profundo de la situación y la figura REAL puede ayudar a paliar.
Recomencemos.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Organic Food: Healthy Option or Farce?
Imaginen mi sorpresa cuando me escribió el editor de la revista Business Today, de Princeton, pidiéndome que le pusiera mi "toque especial" a un artículo sobre la comida orgánica. Recibí la comunicación en calzoncillos, sentado en mi computadora con Fela Kuti a un volúmen malicioso que tenía como propóstio dejarle saber a los vecinos que la vida es un festín musical. En cualquier caso, consulté la invitación con mi amigo Bill Minutaglio y al final acepté escribir para ellos de gratis. Aunque no puedo estar más lejos de la comemierdería de Princeton, de los sueters rositas amarrados con delicadeza a su delgado pescuezo y el silencio sepulcral que se guarda en las aulas de paredes cubiertas de hiedra, decidí colaborar con su revista. Para mi beneficio, es la revista estudiantil más grande del país, fue creada por Steve Forbes (si no saben un carajo de revistas, búsquenlo en Google) y ha tenido colaboradores tan diversos como Richard Nixon y Hugh Hefner. Aquí les dejo el artículo.
Organic Food: Healthy Option or Farce?
by Gabino Iglesias, University of Texas
Once considered a niche market that provided an alternative for consumers with special nutritional needs and the über-health-conscious and/or eco-friendly crowd, organic product commerce is now a major business in the United States. A study conducted in 2001 found that 63 percent of Americans buy organic foods and beverages regularly. Furthermore, with around 11 billion dollars in sales in 2003, which represented about 2 percent of all U.S. food sales for that year, the organic food market is still growing at an unprecedented rate, and college students play a major role in this trend.
Offering an ever-expanding assortment of foods, dietary supplements, household items and personal care products, the organic goods market is undoubtedly booming. A trip to any grocery store will attest to the fact that products ranging from tortilla chips to nail polish now predominantly display the organic stamp on their packages. Unfortunately, when other products (such as meat, poultry, eggs, milk, vitamins, pet food, hand soap, household cleaners, bed linens, etc. etc.) share the organic label, it becomes a tad harder to define what organic is, comprehend its alleged benefits and understand where it comes from.
So, if all those things are organic, we need to ask the inevitable question: what exactly is organic food?
According to the United States Department of Agriculture (USDA), organic foods are those produced by farmers who put emphasis on the use of renewable natural resources and the conservation of soil and water to enhance environmental quality for future generations. Also =(and this is probably the most widely-known component of the definition) organic animal products (i.e. meat, poultry, eggs, and dairy products) come from animals that are given no antibiotics or growth hormones. When it comes to fruits and vegetables, the organic stamp means that no pesticides were used; the fertilizers involved in the process were made with synthetic ingredients or sewage sludge; the plants are not the result of bioengineering and they were not subjected to ionizing radiation.
The aforementioned definition goes hand in hand with the clear-cut set of regulations the USDA has set for organic farming:
• Use of cover crops, green manures, animal manures and crop rotations to fertilize the soil, maximize biological activity and maintain long-term soil health.
• Use of biological control, crop rotations and other techniques to manage weeds, insects and diseases.
• An emphasis on biodiversity of the agricultural system and the surrounding environment.
• Using rotational grazing and mixed forage pastures for livestock operations and alternative health care for animal wellbeing.
• Reduction of external and off-farm inputs and elimination of synthetic pesticides and fertilizers and other materials, such as hormones and antibiotics.
• A focus on renewable resources, soil and water conservation, and management practices that restore, maintain and enhance ecological balance.” (USDA Sustainable Agriculture Research and Education (SARE), 2006.)
Even if a farmer complies with all of the guidelines mentioned above, a Government-approved certifier needs to visit and inspect the farm where the food is grown to make sure the farmer is following all the rules necessary to meet USDA organic standards. Only after receiving the approval of the USDA can a product be labeled ‘organic’… and it is with labeling that the problems begin.
For example, a product that wishes to claim it is 100 percent organic needs to prove that it contains 100 percent organically produced ingredients and then put on its label the name and address of the handler and the name of the certifying agent. To claim simply ‘organic’, 95 percent of the product needs to be entirely organic and it cannot contain sulfites. Only 70 percent of the ingredients need to be organic in order claim a product is made with organic ingredients. A product can also use the word organic in its label if it is produced with organic materials.
The complicated labeling system, far from allowing students to know exactly what they’re consuming, are often catered toward organic connoisseurs, who are interested enough to spend the time reading the whole package. And those who actually read the labels are informed only if the company was truthful in its labeling. Truthful? Yes, unscrupulous companies are putting products on the market that carry the organic label even if they’re not certified
In this rather shady and confusing market the questions then become: are students making sure that what they buy is truly organic? Are they aware of the labeling system? Why are they buying organic in the first place? What do they think are the benefits of organic food?
“I only buy organic stuff sometimes… I’m not really convinced of the whole organic thing but if the price is about the same I’ll buy organic because it’s free of pesticides”, said Cheryl Fey, a senior in Broadcast Journalism at the University of Texas at Austin (UT). She went on to comment that she was not aware of the labeling: “If it says organic I guess it’s free of pesticides, right?”
Her unawareness regarding the labeling was echoed by others. “I think a lot of the labeling can be misleading,” commented Nikki Marterre, a first year graduate student in Anthropology at UT who buys organic because she feels it is “good for my health and good for the planet.” Marterre also had an interesting theory as to why college students jump on the organic (band)wagon: “When people enter college they want to experience new things and their attitudes can change, especially because they start imitating their friends.”
Whether it happens because students replicate the behavior and consumption practices of their friends or because they seek new experiences, the fact is that several stores in the UT area were full of students buying organic products. “I buy organic because I want to take care of myself and age gracefully,” explained Salwa Martinez, a recent graduate in Nutrition who is now back at UT for her first semester in Nursing. Martinez had her own reasons for criticizing the labeling system: “I don’t pay attention to the labels and… I also think they’re not making it very easy for organic farmers.”
Marsha Riti, who works as a cashier at an organic foods store in Austin, said that many students enter college and become confused. They mix together environmentalism, a healthy lifestyle and diet, eco-friendliness and support for local farmers in such a way that they think they can achieve all of it simply by eating organic. Riti also believes the labeling system doesn’t work: “A lot of people are becoming more interested in learning about the food they eat but I don’t think enough people are doing it. I think the labels can be confusing and nobody explains to us how it works. Even I’m not familiar with it.”
Regardless of the popularity of organic foods, some students remain skeptical about it. “I don’t buy organic because I think it’s overpriced and I really don’t think the extra cost is going to meet the benefit,” said Michael Groth, a second year graduate student in Kinesiology at UT. Surprisingly, his indifferent answer struck very close to the main problem of organic food: proof of its superiority.
Despite the never-ending claims stating that organic food is better for us, so far only one scientific study has been produced that supports a portion of those assertions. The study, conducted in the UK and spanning over a period of four years, claimed to have found that organic fruits and vegetables contained as much as 40 percent more antioxidants, which scientists believe can help lessen the risk of cancer and heart disease. The article was published by the UK Food Standards Agency (FSA) and clearly negated a previous study also published by them that stated that there was absolutely no difference in health benefits between organic and non-organic products.
So who should we believe? The question is not easily answered. We could argue that organic is nothing more than a buzzword, a brilliant marketing strategy or the trendy thing to do, but that would send consumers into a frenzy: What do you mean I’m paying three times as much and only getting a few more antioxidants for my money? On the other hand, many people would smartly say that the organic business is much more than just the food: a lot of farmers put food on the table growing organic products and it’s also a healthy way to protect our battered planet.
What would happen if in the organic market is nothing more than a big farce? Well… it wouldn’t be the first time America has had to shake its head at senseless consuming, would it?
Para el que quiera ver la revista en PDF o la entrada digital en la página original:
http://www.businesstoday.org/magazine/its-always-christmas-washington/organic-food-healthy-option-or-farce
Organic Food: Healthy Option or Farce?
by Gabino Iglesias, University of Texas
Once considered a niche market that provided an alternative for consumers with special nutritional needs and the über-health-conscious and/or eco-friendly crowd, organic product commerce is now a major business in the United States. A study conducted in 2001 found that 63 percent of Americans buy organic foods and beverages regularly. Furthermore, with around 11 billion dollars in sales in 2003, which represented about 2 percent of all U.S. food sales for that year, the organic food market is still growing at an unprecedented rate, and college students play a major role in this trend.
Offering an ever-expanding assortment of foods, dietary supplements, household items and personal care products, the organic goods market is undoubtedly booming. A trip to any grocery store will attest to the fact that products ranging from tortilla chips to nail polish now predominantly display the organic stamp on their packages. Unfortunately, when other products (such as meat, poultry, eggs, milk, vitamins, pet food, hand soap, household cleaners, bed linens, etc. etc.) share the organic label, it becomes a tad harder to define what organic is, comprehend its alleged benefits and understand where it comes from.
So, if all those things are organic, we need to ask the inevitable question: what exactly is organic food?
According to the United States Department of Agriculture (USDA), organic foods are those produced by farmers who put emphasis on the use of renewable natural resources and the conservation of soil and water to enhance environmental quality for future generations. Also =(and this is probably the most widely-known component of the definition) organic animal products (i.e. meat, poultry, eggs, and dairy products) come from animals that are given no antibiotics or growth hormones. When it comes to fruits and vegetables, the organic stamp means that no pesticides were used; the fertilizers involved in the process were made with synthetic ingredients or sewage sludge; the plants are not the result of bioengineering and they were not subjected to ionizing radiation.
The aforementioned definition goes hand in hand with the clear-cut set of regulations the USDA has set for organic farming:
• Use of cover crops, green manures, animal manures and crop rotations to fertilize the soil, maximize biological activity and maintain long-term soil health.
• Use of biological control, crop rotations and other techniques to manage weeds, insects and diseases.
• An emphasis on biodiversity of the agricultural system and the surrounding environment.
• Using rotational grazing and mixed forage pastures for livestock operations and alternative health care for animal wellbeing.
• Reduction of external and off-farm inputs and elimination of synthetic pesticides and fertilizers and other materials, such as hormones and antibiotics.
• A focus on renewable resources, soil and water conservation, and management practices that restore, maintain and enhance ecological balance.” (USDA Sustainable Agriculture Research and Education (SARE), 2006.)
Even if a farmer complies with all of the guidelines mentioned above, a Government-approved certifier needs to visit and inspect the farm where the food is grown to make sure the farmer is following all the rules necessary to meet USDA organic standards. Only after receiving the approval of the USDA can a product be labeled ‘organic’… and it is with labeling that the problems begin.
For example, a product that wishes to claim it is 100 percent organic needs to prove that it contains 100 percent organically produced ingredients and then put on its label the name and address of the handler and the name of the certifying agent. To claim simply ‘organic’, 95 percent of the product needs to be entirely organic and it cannot contain sulfites. Only 70 percent of the ingredients need to be organic in order claim a product is made with organic ingredients. A product can also use the word organic in its label if it is produced with organic materials.
The complicated labeling system, far from allowing students to know exactly what they’re consuming, are often catered toward organic connoisseurs, who are interested enough to spend the time reading the whole package. And those who actually read the labels are informed only if the company was truthful in its labeling. Truthful? Yes, unscrupulous companies are putting products on the market that carry the organic label even if they’re not certified
In this rather shady and confusing market the questions then become: are students making sure that what they buy is truly organic? Are they aware of the labeling system? Why are they buying organic in the first place? What do they think are the benefits of organic food?
“I only buy organic stuff sometimes… I’m not really convinced of the whole organic thing but if the price is about the same I’ll buy organic because it’s free of pesticides”, said Cheryl Fey, a senior in Broadcast Journalism at the University of Texas at Austin (UT). She went on to comment that she was not aware of the labeling: “If it says organic I guess it’s free of pesticides, right?”
Her unawareness regarding the labeling was echoed by others. “I think a lot of the labeling can be misleading,” commented Nikki Marterre, a first year graduate student in Anthropology at UT who buys organic because she feels it is “good for my health and good for the planet.” Marterre also had an interesting theory as to why college students jump on the organic (band)wagon: “When people enter college they want to experience new things and their attitudes can change, especially because they start imitating their friends.”
Whether it happens because students replicate the behavior and consumption practices of their friends or because they seek new experiences, the fact is that several stores in the UT area were full of students buying organic products. “I buy organic because I want to take care of myself and age gracefully,” explained Salwa Martinez, a recent graduate in Nutrition who is now back at UT for her first semester in Nursing. Martinez had her own reasons for criticizing the labeling system: “I don’t pay attention to the labels and… I also think they’re not making it very easy for organic farmers.”
Marsha Riti, who works as a cashier at an organic foods store in Austin, said that many students enter college and become confused. They mix together environmentalism, a healthy lifestyle and diet, eco-friendliness and support for local farmers in such a way that they think they can achieve all of it simply by eating organic. Riti also believes the labeling system doesn’t work: “A lot of people are becoming more interested in learning about the food they eat but I don’t think enough people are doing it. I think the labels can be confusing and nobody explains to us how it works. Even I’m not familiar with it.”
Regardless of the popularity of organic foods, some students remain skeptical about it. “I don’t buy organic because I think it’s overpriced and I really don’t think the extra cost is going to meet the benefit,” said Michael Groth, a second year graduate student in Kinesiology at UT. Surprisingly, his indifferent answer struck very close to the main problem of organic food: proof of its superiority.
Despite the never-ending claims stating that organic food is better for us, so far only one scientific study has been produced that supports a portion of those assertions. The study, conducted in the UK and spanning over a period of four years, claimed to have found that organic fruits and vegetables contained as much as 40 percent more antioxidants, which scientists believe can help lessen the risk of cancer and heart disease. The article was published by the UK Food Standards Agency (FSA) and clearly negated a previous study also published by them that stated that there was absolutely no difference in health benefits between organic and non-organic products.
So who should we believe? The question is not easily answered. We could argue that organic is nothing more than a buzzword, a brilliant marketing strategy or the trendy thing to do, but that would send consumers into a frenzy: What do you mean I’m paying three times as much and only getting a few more antioxidants for my money? On the other hand, many people would smartly say that the organic business is much more than just the food: a lot of farmers put food on the table growing organic products and it’s also a healthy way to protect our battered planet.
What would happen if in the organic market is nothing more than a big farce? Well… it wouldn’t be the first time America has had to shake its head at senseless consuming, would it?
Para el que quiera ver la revista en PDF o la entrada digital en la página original:
http://www.businesstoday.org/magazine/its-always-christmas-washington/organic-food-healthy-option-or-farce
lunes, 30 de noviembre de 2009
Sobre la brevedad
Ayer estaba sentado con mi viejo en un restaurante chino en el culo/sur de la ciudad. La conversación dio vueltas y terminó, a manera de mosca inquieta, parada sobre el tema de la brevedad discursiva en el texto escrito. Llegamos a ese neurálgico punto después de una crítica acertada y venenosa a la cepa de juntapalabras que hoy día pasan por escritores. Al final, como era de esperarse, llegamos a una conclusión compartida (de antemano): emperifollar innecesariamente un discurso escrito es prueba irreductible de que, tras toda la parrafada, no hay más que vacío.
La literatura de hoy, si es que se le puede llamar eso, es un mundillo de humo y espejos. Las masas lectoras, a falta de bagaje intelectual y lecturas de calidad, tragan felizmente la perorata de los "escritores" modernos y juran, desde esa insultante ignorancia pecadora, que leen libros. ¡Tan es así que la gente hasta tiene los cojones de recomendarme lo que leen!
¿Y de dónde viene el amor a la jerigonza? Creo que hay que repartir la culpa a partes iguales: academia, intelectuales de poca monta y los imbéciles que se tragan todo y asisten en su virulenta propagación.
Por mi parte me niego a someter mi discurso a ese vocabulario rococó que va en clara oposición a cualquier cosa que se asemeje a un positivismo literario. Ya lo dijo el maestro Bukowski: "La genialidad puede ser el decir una cosa complicada de una forma simple." Claro está, si vamos a hablar de discursos vacíos, el maestro también dijo:"El mal gusto ha creado muchos más millonarios que el buen gusto."
La literatura de hoy, si es que se le puede llamar eso, es un mundillo de humo y espejos. Las masas lectoras, a falta de bagaje intelectual y lecturas de calidad, tragan felizmente la perorata de los "escritores" modernos y juran, desde esa insultante ignorancia pecadora, que leen libros. ¡Tan es así que la gente hasta tiene los cojones de recomendarme lo que leen!
¿Y de dónde viene el amor a la jerigonza? Creo que hay que repartir la culpa a partes iguales: academia, intelectuales de poca monta y los imbéciles que se tragan todo y asisten en su virulenta propagación.
Por mi parte me niego a someter mi discurso a ese vocabulario rococó que va en clara oposición a cualquier cosa que se asemeje a un positivismo literario. Ya lo dijo el maestro Bukowski: "La genialidad puede ser el decir una cosa complicada de una forma simple." Claro está, si vamos a hablar de discursos vacíos, el maestro también dijo:"El mal gusto ha creado muchos más millonarios que el buen gusto."
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