lunes, 3 de septiembre de 2007

Profesor

Hay palabras que, al pronunciarse, caen por el centro de la habitación donde se esté con el peso de un martillo gigante. Estos vocablos no necesariamente son soeces o desconocidos. Para ilustrar la potencia que pueden tener algunas palabras, utilizaré el ejemplo que vivió este servidor la semana pasada.
Había culminado los tediosos trámites correspondientes a la adquisición de un nuevo empleo. También había llegado al lugar en donde ejercería una labor a cambio de cierta remuneración económica. Hasta me había vestido de persona con todas las complicaciones e incomodidades que dicha facha conlleva. De improvisto, me vi frente a un grupo de jóvenes que no distaban mucho del número de veranos que ha vivido el que suscribe. De repente, como un frío súbito, como un alarido que surge de la nada, como un impacto de bala en medio de un tango, como un avión que entra estrepitosamente por la ventana de una iglesia, como el quejido inhumano de un gato a las tres de la mañana, como una garra de oso deslizándose sobre una pizarra sale de la boca de una de las mujeres que allí estaban sentadas: "Con permiso, PROFESOR".
De más está decir que en la eternidad que duró el subsiguiente segundo, todo lo que me podía temblar me tembló y algunas paredes imaginarias en las que alguno de mis duendes mentales había escrito un pequeño pronostico sobre lo que sería mi vida se resquebrajaron. La habitación dio vueltas y quedé suspendido en el vacío de la incertidumbre. Por suerte, la capacidad de improvisación que me caracteriza me sacó adelante. Antes de que me diera cuenta salió reptando de mi boca lo único que me podía salvar: "Dígame".

lunes, 27 de agosto de 2007

Decisiones

Aprietas los dientes y tomas lo que te ofrecen. Es eso o el precipicio. Dejas la depresión en el baúl del carro, al sol, y te bajas en algún destino. Sabes que te engañaron y te duele, pero sigues adelante. Sueñas con rascacielos y horizontes, otros lugares, otros tiempos, otras gentes, otros planes. La verdad te abofetea la cara y sólo te queda sonreír. No puedes refugiarte en al acohol, no puedes escapar al pasado. La paz está en las canciones del camino y en la seguridad intermitente de que algo nuevo y mejor espera a la vuelta de la esquina. Te sientes un esclavo asalariado, un pateado de la vida. Te sientas a leer poemas maniacodepresivos y a ver programas vacíos en la televisión. Así es la vida.

sábado, 25 de agosto de 2007

El viejo del supermercado

Estoy en el supermercado. Empujo mi carrito distraídamente persiguiendo a Ady por los pasillos del establecimiento. Me pregunto qué hago en ese sitio. La respuesta es nada. Sólo estoy ahí en un acto inconsciente de obediencia que, en realidad, no me cuesta nada. Sólo la acompaño y le cargo la compra para simplificarle la existencia.
De repente me topo de frente con un viejo como de 60 años. Está bien vestido: pantalón crema, camisa de manga corta de rayas por dentro y zapatos de vestir. Tiene cara de buena persona. Es uno de esos pocos seres que me caen bien sin haber hablado con ellos nunca. El viejo me simpatiza. Veo desde lejos que la angustia se dibuja en su ceño. Cuando me acerco un poco me percato de que tiene una lata en cada mano y el celular enganchado en la oreja. "Es que hay leche de coco y extracto de coco" dice con voz preocupada. "No hay ninguno que sea Coco López" dice aún más angustiado. Me quedo observándolo a manera de estudio social y veo que trata de hablar pero la voz que le contesta desde el otro extremo de la línea no lo deja. Imagino que recibe las instrucciones nuevamente, y de mala gana. Trato de ignorarlo para no meterme en su situación y le digo algo a Ady. Unos segundos más tarde vuelvo a mirar al viejo. Tiene cara de que está a punto de llorar. Lo escuché decir que no había lo que la vieja quería. En ese momento lo veo mirando el celular con una tristeza del carajo. La pantalla está encendida: sé que le gritaron la última orden y le engancharon sin despedirse, sin un te quiero y sin darle más oportunidad de explicación. Entonces me hago la película mental. La puñetera vieja ociosa de turno se antojó de hacer alguna receta ridícula que vio en alguna revista pendeja para mujeres sin nada que hacer. Se antojó del postre y le faltaba el coco molido, el extracto de coco, la leche de coco o lo que fuera. Entonce sucedió lo de siempre: el pobre viejo tuvo que vestirse para salir al supermercado a las diez de la noche. Obviamente, la vieja de mierda no se iba a vestir para salir a esa hora a buscar el maldito coco.
Mientras Ady termina de pagar veo al viejo en la fila expreso pagando dos latas con productos de coco diferentes y dos latas diferentes de leche condensada (imagino su otra odisea láctea). Me lo imagino llegando a su casa a recibir gritos porque es un bruto y no compró el puto coco que tenía que comprar. Me lo imagino comiéndose la porquería de postre y mientiéndole a su consorte que no cesa de preguntarle si está bueno. Hubiése quedado mejor si el hubiése llevado el coco que le pidieron. De repente estalla un rayo de luz en mi imaginación y lo imagino con una sonrisa sarcástica en la cara diciéndole a la vieja caprichosa: "Vete a la mierda, ese es el coco que había. No puedes cocinar huevos fritos y estás intentándo hacer postres gourmet. Vete al carajo y métete el jodío coco por el culo, vieja repugnante. El próximo capricho te lo cumples tu solita cariño". Me río de alegría. Ady me pregunta qué me pasa. Nada mi amor, nada. A veces hay un lazo invisible e indestructible entre los hombres. Espero que el pobre viejo esté tan bien como se merezca.

jueves, 9 de agosto de 2007

Salud, educación, San Nosequién y la madre de los tomates

Regreso a la patria después de mi estadia en Fort Lauderdale y no me dan tiempo de antes de obligarme al cinismo nuevamente. En esta ocasión pasé todo un día en la sala de espera del Hospital San Pablo de Bayamón esperando que operaran a mi tio. Se pueden imaginar que la idiotez y la incompetencia absoluta fueron la orden del día. De todas formas, lo que de verdad quería decir es que aquí está la columna que me publicó El Nuevo Día ayer, miércoles 8 de agosto, al respecto.


Cirugía (de)ambulante
Gabino Iglesias
Periodista y escritor

Son las seis y veinte de la mañana y me deslizo entre piernas extrañas en compañía de mi padrino. Estamos en la sala de cirugía ambulatoria y ambulante de un hospital, cuyo nombre dejaré en el tintero, y buscamos asiento. Veo pasar la mañana como si nada.
Me canso de ver programas repetitivos sobre cuasinoticias y me leo este diario de rabo a cabo.
Llega el mediodía “sans” almuerzo y me recreo con 600 páginas de literatura hasta que se me cansa la vista.
Me concentro en los eventos del país para obviar la agonía de mi cóccix. ¿Por qué los empleados de la UPR, los obreros del país y las personas que trabajan en diversas tiendas de bienes y servicios pueden usar un “ponchador” sin problema alguno y, sin embargo, para los maestros del sistema escolar público esto es una violación a su privacidad? ¿No son nueve millones de dólares perdidos por falta de servicios prestados una violación al bolsillo del pueblo? ¿Debo sentirme menos persona por todas las veces que he corrido para “ponchar”? ¿No hay clases de honestidad?
Llega la tarde y sigo esperando. Ahora rezo por que el galeno de turno, o sea, el que le toque manejar el láser sobre el ojo de mi padrino, no sea otro médico de mentira.
A veces creo que es mejor no estar informado.
Llega la noche y la sala se va vaciando. Me voy quedando cada vez más solo hasta que, finalmente, se abre una puerta y sale mi padrino en silla de ruedas.
Son las nueve y media de la noche. Le doy las gracias a San Nosequién y entonces me pregunto: si puedo salir de aquí y seguir amando este pedacito de tierra ¿qué les cuesta “ponchar” a los maestros y hacer las cosas bien a los médicos?

lunes, 23 de julio de 2007

Sometimes life is good

Afuera un rayo parte la noche y sorbo mi cerveza parsimoniosamente, como quien no quiere la cosa. La lluvia cae al pavimento como una venganza y yo escribo en calzoncillos. Es por comodidad más que por un statement. Hay una novela a medio leer en la mesita de noche que me está llamando. El televisor se aburre de estar apagado. Escucho la ducha en el cuarto de baño de este hotel lleno de fantasmas y apuesto mis últimos dólares a que es un ángel duchándose. Tengo un monday blues que te cagas y estoy harto de conducir. Escribo un poema pésimo sobre aceptar que no soy Bukowski y lo guardo para borrarlo después, u olvidarme de hacerlo y reirme cuando lo vuelva a encontrar. Pienso que también llueve en esa playa que hay frente al hotel y me río. Fort Lauderdale no es Nueva York, pero vale la pena visitarla. Estoy en una ciudad llena de ex-hippies, negocios de comida rápida y latinos exiliados: las vacaciones perfectas para escribir. La puerta del baño se abre y sale el ángel: gané la apuesta. De repente me siento como un ganador y la tormenta de afuera no me molesta tanto. La cerveza empieza a calentarse y acepto que necesito darme un baño. Probablemente la vida siga después de la lluvia y la calle esté en el mismo sitio. Así es la vida, por lo menos cuando es buena.

sábado, 21 de julio de 2007

Imhotep v. Hipócrates


Resulta que de vez en cuando me pongo justiciero. A fin de cuentas hay que darle al César lo del César, ¿no? Imhotep fue un sabio médico, astrólogo y arquitecto que vivió, aproximadamente, entre el 2,690 y el 2,610 A.D. Es el responsable del primer tratado de medicina que conocemos (conocido como el papiro Edwin Smith). En dicho escrito, Imhotep recomienda la utilización de opiaceos como anestésicos, explica cómo suturar heridas abiertas, describe observaciones anatómicas y discute el diagnóstico y el tratamiento para muchas heridas y enfermedades comunes. Además, es el responsable de la construcción de la pirámide escalonada de Saqqara, donde enterraron al faraón Zoser. A saber, en todo el escrito de Imhotep sólo se encuentra una alusión a un tratamiento mágico.

Por otro lado, casi 2, 200 años más tarde, Hipócrates se inventa los cuatro humores: flema, bilis amarilla, bilis negra y sangre. Además, se sacó de la manga el juramento hipocrático y dijo que lo mejor para tratar un paciente es observarlo primero. Coño, que brillante. Imhotep descubrió cosas como que la miel es antibacterial y ayuda a que curen las heridas. Hipócrates descubrió que si hay sangre o la bilis está negra, la cosa está jodida. Increíble.

El punto es que los doctores, usualmente, no son seres cargados de ese emperamento serio, calmado y honesto que se supone que les impone el susodicho juramento hipocráticoy que me parece que llamar a Hipócrates el padre de la medicina moderna es un insulto para el verdadero padre de la medicina: Imhotep.

jueves, 12 de julio de 2007

Las profecías de Isaac


Anoche, a eso de las 12:30 a.m., me debatía como de constumbre entre la consciencia y la etapa previa al sueño. Por casualidades del destino fui a parar con el dedo y los ojos a Televisión Española Internacional. Estaban haciendo un reportaje especial sobre la nueva versión de la Honda de su simpático robot Asimo. Ahí, en pantalla, estaba el cabrón de Asimo caminando, trotando y sirviendo el café. La Honda decía que ya vislumbran el día en que Asimo pueda pensar por sí mismo. No hay que decir que soy un apocalíptico de primer orden y que esas palabras me provocaron una pequeña revolución interior. Las palabras de la Honda me traían visiones de monstruos asesinos con inteligencia artificial. Nada de niñitos maricones como en la aburridísima visión de Spielberg. Veía muerte, apocalipsis, destrucción total, el fin de la humanidad. Quise hablar con Fukuyama, quise matar mi televisor y desconectar mi Internet. Me di cuenta de que las visiones de Ray Bradbury y, sobre todo, las de Isaac Asimov eran más ciertas que nunca. Y entonces tomé una decisión: cuando llegué la destrucción y la revolución de las máquinas yo me engancharé los libros de Asimov (Asimo se llama el robot, ¿coincidencia?) debajo del brazo y lideraré la revolución de los apocalípticos. A fin de cuentas, llevo tiempo adviertiéndoselo...