Estoy en el supermercado. Empujo mi carrito distraídamente persiguiendo a Ady por los pasillos del establecimiento. Me pregunto qué hago en ese sitio. La respuesta es nada. Sólo estoy ahí en un acto inconsciente de obediencia que, en realidad, no me cuesta nada. Sólo la acompaño y le cargo la compra para simplificarle la existencia.
De repente me topo de frente con un viejo como de 60 años. Está bien vestido: pantalón crema, camisa de manga corta de rayas por dentro y zapatos de vestir. Tiene cara de buena persona. Es uno de esos pocos seres que me caen bien sin haber hablado con ellos nunca. El viejo me simpatiza. Veo desde lejos que la angustia se dibuja en su ceño. Cuando me acerco un poco me percato de que tiene una lata en cada mano y el celular enganchado en la oreja. "Es que hay leche de coco y extracto de coco" dice con voz preocupada. "No hay ninguno que sea Coco López" dice aún más angustiado. Me quedo observándolo a manera de estudio social y veo que trata de hablar pero la voz que le contesta desde el otro extremo de la línea no lo deja. Imagino que recibe las instrucciones nuevamente, y de mala gana. Trato de ignorarlo para no meterme en su situación y le digo algo a Ady. Unos segundos más tarde vuelvo a mirar al viejo. Tiene cara de que está a punto de llorar. Lo escuché decir que no había lo que la vieja quería. En ese momento lo veo mirando el celular con una tristeza del carajo. La pantalla está encendida: sé que le gritaron la última orden y le engancharon sin despedirse, sin un te quiero y sin darle más oportunidad de explicación. Entonces me hago la película mental. La puñetera vieja ociosa de turno se antojó de hacer alguna receta ridícula que vio en alguna revista pendeja para mujeres sin nada que hacer. Se antojó del postre y le faltaba el coco molido, el extracto de coco, la leche de coco o lo que fuera. Entonce sucedió lo de siempre: el pobre viejo tuvo que vestirse para salir al supermercado a las diez de la noche. Obviamente, la vieja de mierda no se iba a vestir para salir a esa hora a buscar el maldito coco.
Mientras Ady termina de pagar veo al viejo en la fila expreso pagando dos latas con productos de coco diferentes y dos latas diferentes de leche condensada (imagino su otra odisea láctea). Me lo imagino llegando a su casa a recibir gritos porque es un bruto y no compró el puto coco que tenía que comprar. Me lo imagino comiéndose la porquería de postre y mientiéndole a su consorte que no cesa de preguntarle si está bueno. Hubiése quedado mejor si el hubiése llevado el coco que le pidieron. De repente estalla un rayo de luz en mi imaginación y lo imagino con una sonrisa sarcástica en la cara diciéndole a la vieja caprichosa: "Vete a la mierda, ese es el coco que había. No puedes cocinar huevos fritos y estás intentándo hacer postres gourmet. Vete al carajo y métete el jodío coco por el culo, vieja repugnante. El próximo capricho te lo cumples tu solita cariño". Me río de alegría. Ady me pregunta qué me pasa. Nada mi amor, nada. A veces hay un lazo invisible e indestructible entre los hombres. Espero que el pobre viejo esté tan bien como se merezca.
sábado, 25 de agosto de 2007
jueves, 9 de agosto de 2007
Salud, educación, San Nosequién y la madre de los tomates
Regreso a la patria después de mi estadia en Fort Lauderdale y no me dan tiempo de antes de obligarme al cinismo nuevamente. En esta ocasión pasé todo un día en la sala de espera del Hospital San Pablo de Bayamón esperando que operaran a mi tio. Se pueden imaginar que la idiotez y la incompetencia absoluta fueron la orden del día. De todas formas, lo que de verdad quería decir es que aquí está la columna que me publicó El Nuevo Día ayer, miércoles 8 de agosto, al respecto.
Cirugía (de)ambulante
Gabino Iglesias
Periodista y escritor
Son las seis y veinte de la mañana y me deslizo entre piernas extrañas en compañía de mi padrino. Estamos en la sala de cirugía ambulatoria y ambulante de un hospital, cuyo nombre dejaré en el tintero, y buscamos asiento. Veo pasar la mañana como si nada.
Me canso de ver programas repetitivos sobre cuasinoticias y me leo este diario de rabo a cabo.
Llega el mediodía “sans” almuerzo y me recreo con 600 páginas de literatura hasta que se me cansa la vista.
Me concentro en los eventos del país para obviar la agonía de mi cóccix. ¿Por qué los empleados de la UPR, los obreros del país y las personas que trabajan en diversas tiendas de bienes y servicios pueden usar un “ponchador” sin problema alguno y, sin embargo, para los maestros del sistema escolar público esto es una violación a su privacidad? ¿No son nueve millones de dólares perdidos por falta de servicios prestados una violación al bolsillo del pueblo? ¿Debo sentirme menos persona por todas las veces que he corrido para “ponchar”? ¿No hay clases de honestidad?
Llega la tarde y sigo esperando. Ahora rezo por que el galeno de turno, o sea, el que le toque manejar el láser sobre el ojo de mi padrino, no sea otro médico de mentira.
A veces creo que es mejor no estar informado.
Llega la noche y la sala se va vaciando. Me voy quedando cada vez más solo hasta que, finalmente, se abre una puerta y sale mi padrino en silla de ruedas.
Son las nueve y media de la noche. Le doy las gracias a San Nosequién y entonces me pregunto: si puedo salir de aquí y seguir amando este pedacito de tierra ¿qué les cuesta “ponchar” a los maestros y hacer las cosas bien a los médicos?
Cirugía (de)ambulante
Gabino Iglesias
Periodista y escritor
Son las seis y veinte de la mañana y me deslizo entre piernas extrañas en compañía de mi padrino. Estamos en la sala de cirugía ambulatoria y ambulante de un hospital, cuyo nombre dejaré en el tintero, y buscamos asiento. Veo pasar la mañana como si nada.
Me canso de ver programas repetitivos sobre cuasinoticias y me leo este diario de rabo a cabo.
Llega el mediodía “sans” almuerzo y me recreo con 600 páginas de literatura hasta que se me cansa la vista.
Me concentro en los eventos del país para obviar la agonía de mi cóccix. ¿Por qué los empleados de la UPR, los obreros del país y las personas que trabajan en diversas tiendas de bienes y servicios pueden usar un “ponchador” sin problema alguno y, sin embargo, para los maestros del sistema escolar público esto es una violación a su privacidad? ¿No son nueve millones de dólares perdidos por falta de servicios prestados una violación al bolsillo del pueblo? ¿Debo sentirme menos persona por todas las veces que he corrido para “ponchar”? ¿No hay clases de honestidad?
Llega la tarde y sigo esperando. Ahora rezo por que el galeno de turno, o sea, el que le toque manejar el láser sobre el ojo de mi padrino, no sea otro médico de mentira.
A veces creo que es mejor no estar informado.
Llega la noche y la sala se va vaciando. Me voy quedando cada vez más solo hasta que, finalmente, se abre una puerta y sale mi padrino en silla de ruedas.
Son las nueve y media de la noche. Le doy las gracias a San Nosequién y entonces me pregunto: si puedo salir de aquí y seguir amando este pedacito de tierra ¿qué les cuesta “ponchar” a los maestros y hacer las cosas bien a los médicos?
lunes, 23 de julio de 2007
Sometimes life is good
Afuera un rayo parte la noche y sorbo mi cerveza parsimoniosamente, como quien no quiere la cosa. La lluvia cae al pavimento como una venganza y yo escribo en calzoncillos. Es por comodidad más que por un statement. Hay una novela a medio leer en la mesita de noche que me está llamando. El televisor se aburre de estar apagado. Escucho la ducha en el cuarto de baño de este hotel lleno de fantasmas y apuesto mis últimos dólares a que es un ángel duchándose. Tengo un monday blues que te cagas y estoy harto de conducir. Escribo un poema pésimo sobre aceptar que no soy Bukowski y lo guardo para borrarlo después, u olvidarme de hacerlo y reirme cuando lo vuelva a encontrar. Pienso que también llueve en esa playa que hay frente al hotel y me río. Fort Lauderdale no es Nueva York, pero vale la pena visitarla. Estoy en una ciudad llena de ex-hippies, negocios de comida rápida y latinos exiliados: las vacaciones perfectas para escribir. La puerta del baño se abre y sale el ángel: gané la apuesta. De repente me siento como un ganador y la tormenta de afuera no me molesta tanto. La cerveza empieza a calentarse y acepto que necesito darme un baño. Probablemente la vida siga después de la lluvia y la calle esté en el mismo sitio. Así es la vida, por lo menos cuando es buena.
sábado, 21 de julio de 2007
Imhotep v. Hipócrates

Resulta que de vez en cuando me pongo justiciero. A fin de cuentas hay que darle al César lo del César, ¿no? Imhotep fue un sabio médico, astrólogo y arquitecto que vivió, aproximadamente, entre el 2,690 y el 2,610 A.D. Es el responsable del primer tratado de medicina que conocemos (conocido como el papiro Edwin Smith). En dicho escrito, Imhotep recomienda la utilización de opiaceos como anestésicos, explica cómo suturar heridas abiertas, describe observaciones anatómicas y discute el diagnóstico y el tratamiento para muchas heridas y enfermedades comunes. Además, es el responsable de la construcción de la pirámide escalonada de Saqqara, donde enterraron al faraón Zoser. A saber, en todo el escrito de Imhotep sólo se encuentra una alusión a un tratamiento mágico.
Por otro lado, casi 2, 200 años más tarde, Hipócrates se inventa los cuatro humores: flema, bilis amarilla, bilis negra y sangre. Además, se sacó de la manga el juramento hipocrático y dijo que lo mejor para tratar un paciente es observarlo primero. Coño, que brillante. Imhotep descubrió cosas como que la miel es antibacterial y ayuda a que curen las heridas. Hipócrates descubrió que si hay sangre o la bilis está negra, la cosa está jodida. Increíble.
El punto es que los doctores, usualmente, no son seres cargados de ese emperamento serio, calmado y honesto que se supone que les impone el susodicho juramento hipocráticoy que me parece que llamar a Hipócrates el padre de la medicina moderna es un insulto para el verdadero padre de la medicina: Imhotep.
jueves, 12 de julio de 2007
Las profecías de Isaac

Anoche, a eso de las 12:30 a.m., me debatía como de constumbre entre la consciencia y la etapa previa al sueño. Por casualidades del destino fui a parar con el dedo y los ojos a Televisión Española Internacional. Estaban haciendo un reportaje especial sobre la nueva versión de la Honda de su simpático robot Asimo. Ahí, en pantalla, estaba el cabrón de Asimo caminando, trotando y sirviendo el café. La Honda decía que ya vislumbran el día en que Asimo pueda pensar por sí mismo. No hay que decir que soy un apocalíptico de primer orden y que esas palabras me provocaron una pequeña revolución interior. Las palabras de la Honda me traían visiones de monstruos asesinos con inteligencia artificial. Nada de niñitos maricones como en la aburridísima visión de Spielberg. Veía muerte, apocalipsis, destrucción total, el fin de la humanidad. Quise hablar con Fukuyama, quise matar mi televisor y desconectar mi Internet. Me di cuenta de que las visiones de Ray Bradbury y, sobre todo, las de Isaac Asimov eran más ciertas que nunca. Y entonces tomé una decisión: cuando llegué la destrucción y la revolución de las máquinas yo me engancharé los libros de Asimov (Asimo se llama el robot, ¿coincidencia?) debajo del brazo y lideraré la revolución de los apocalípticos. A fin de cuentas, llevo tiempo adviertiéndoselo...
martes, 26 de junio de 2007
Autoayuda my ass
Veo las listas de los libros más vendidos y siempre están presentes los de autoayuda. Me parece ridículo. El positivismo comercializado me da asco. En la vida hay veces en que se jode la pandereta y lo único que nos queda es aguantar y seguir tirando. Autoayuda es ayudarse a uno mismo. ¿Y quién coño se supone que nos ayude? El punto es que el ser humano se niega a aceptar que de vez en cuando la cosa se pone mal, se fastidia el asunto, se jode el quiosco. Finito. Kaput. Fin de la historia. Game over. Please insert coin. Fuck you very much. Todos pasamos por momentos malos y por momentos buenos. Aún no he visto un libro que se titule: "Cómo pasarlo bien en la playa con tus amigos, tu novia y una neverita llena de cerveza". Ese libro no existe porque la gente de este bendito mundo no quiere leer cuando lo está pasando bien, no necesita consejos para los momentos en los que la sonrisa viene sola. Ah, pero cuando se pone fea la cosa todos corren a la librería más cercana a buscar algún librito pendejo donde un guru light les dice cómo deben centrarse, perdonar, buscar el ángulo bueno de todas las situaciones y otro montón de estupideces inservibles. Poco importa. Lo que yo diga caerá en oídos sordos y la próxima lista de los libros más vendidos vendrá plagada de libritos en los que un infeliz le dice a otro lo mismo que le pueden decir sus amigos (o el sentido común) por un módico precio. Yo seguiré trabajando con mis lamentos solo y leyendo literatura de verdad. Hasta ahora, siempre ha funcionado.
lunes, 18 de junio de 2007
Noche de pub
Es viernes y llego a la entrada del pub después de pagarle tres pesos a un tecato por estacionarme en un sitio privado y un tipo me mira mal. Todo lo que comienza mal, termina peor. Me pregunto qué carajo hago allí y no me contesto: son cosas del amor. Llego a la entrada del local y doy un paso al frente y el orangután encargado de la puerta me pide un ID. Después de asegurarse de que yo soy yo (a veces yo mismo dudo) procede a sobarme las piernas y tocarme los huevos. Finalmente está seguro de que no soy un asesino cargando un hacha y me deja pasar a la próxima fase. La imbécil de turno me pide cinco dólares por entrar con una cara de lechuga del carajo y tengo que salir a la ATH para sacar el dinero. A la vuelta el mandril de la entrada vuelve a repetir el porcedimiento de sobo genital y me deja pasar a ver a la neurocirujana de la mesita otra vez. Le doy un billete de veinte y juro que pareció hacer cálculos para darme la vuelta. Casi le ofrezco la calculadora del celular pero me abstuve, Ady me esperaba dentro. La tipa me devolvió los quince dólares y me marcó como al ganado antes de dejarme entrar. Una vez dentro del local me empujo con un par de morones en movimiento y llego a mi destino. Entre gritos me presentan a la gente y me escapo inmediatamente al refugio de siempre: la barra. Pido un Long Island Iced Tea para Ady y una cerveza nacional para mi y saco un billete de cinco. El bartender me mira todo serio y me escupe a la cara: "Ocho seteintaycinco". Puñeta. Saco el billete de diez y espero mi cambio. Regreso al lugar de partida haciendo malabares y repartiendo chinos entre la gente para no virar el trago y me tranquilizo aferrado a mi cerveza.
A mi alrededor se mueven cuerpos embutidos en camisas de marca y faldas apretadas mientras corean canciones vacías que no dicen nada con una pasión del carajo. Miro con calma y veo todos los estereotipos. Los tímidos en las esquinas, los tiburones al acecho, las flejes (en todas sus vertientes: petardos, cochofles, pistolas, putiflejes, etc), los lindines (también en todas sus múltiples manifestaciones: putisexies, gorditos con torta, papichulos, patos de closet, etc.), las parejas conformistas, los alcohólicos, las bailarinas feas en busca de principes azules, los viejos que intentan recuperar su juventud perdida y un sinnúmero de etcéteras que comienzan a marearme.
Por mi parte, me siento viejo. Viejo y cansado. No entiendo el ambiente, se me acabó la cerveza y nadie dice nada. Empiezo a buscar problemas con los ojos. Estoy ácido. De repente me doy cuenta de que necesito salir de allí. Ya en la calle me siento más viejo y más cansado. Hay algo que me duele por ponerme viejo. Nunca fui como los demás, pero ahora empieza a ser ridícula la diferencia. Hay algo que nos impide hacer cosas que antes hacíamos como si nada. Me duele mi odio por los conglomerados, los clubes, las asociaciones, las discotecas y los pubs de moda. Cada vez soy más barrita oscura, más galán de lechonera, más boleros viejos y menos tecno. Cada vez soy más yo y eso me impide juntarme con los demás en esos engalanados antros de moda donde el fichuleo y la comemierdería me impiden respirar. Probablemente soy una bestia antisocial. ¿Y?
A mi alrededor se mueven cuerpos embutidos en camisas de marca y faldas apretadas mientras corean canciones vacías que no dicen nada con una pasión del carajo. Miro con calma y veo todos los estereotipos. Los tímidos en las esquinas, los tiburones al acecho, las flejes (en todas sus vertientes: petardos, cochofles, pistolas, putiflejes, etc), los lindines (también en todas sus múltiples manifestaciones: putisexies, gorditos con torta, papichulos, patos de closet, etc.), las parejas conformistas, los alcohólicos, las bailarinas feas en busca de principes azules, los viejos que intentan recuperar su juventud perdida y un sinnúmero de etcéteras que comienzan a marearme.
Por mi parte, me siento viejo. Viejo y cansado. No entiendo el ambiente, se me acabó la cerveza y nadie dice nada. Empiezo a buscar problemas con los ojos. Estoy ácido. De repente me doy cuenta de que necesito salir de allí. Ya en la calle me siento más viejo y más cansado. Hay algo que me duele por ponerme viejo. Nunca fui como los demás, pero ahora empieza a ser ridícula la diferencia. Hay algo que nos impide hacer cosas que antes hacíamos como si nada. Me duele mi odio por los conglomerados, los clubes, las asociaciones, las discotecas y los pubs de moda. Cada vez soy más barrita oscura, más galán de lechonera, más boleros viejos y menos tecno. Cada vez soy más yo y eso me impide juntarme con los demás en esos engalanados antros de moda donde el fichuleo y la comemierdería me impiden respirar. Probablemente soy una bestia antisocial. ¿Y?
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