domingo, 13 de marzo de 2011

Doceavo buscapié

Eugenesia política. El concepto es tan sencillo como acertada es la idea.

13 Marzo 2011
Eugenesia

Saludos. Mi nombre es Libro y recurro a este foro público para proponer una solución a la actual situación sociopolítica de Puerto Rico.

A través de los años, he sido testigo silente de la continua degeneración intelectual del país, la celebración de atrocidades imperdonables, la conversión del término político en sinónimo de inculto y, lo que más me duele, la innegable llegada de ese futuro que predecía Bukowski: “Un lugar donde las masas elevan a los ineptos a la categoría de héroes”.

Recuerdo con cariño la época en que individuos con apellidos como Hostos, Albizu y Betances acariciaban mi lomo y, lejos de particularidades políticas, buceaban por mis páginas en eterna búsqueda de crecimiento intelectual.

Desde hace años sólo me queda el recuerdo de sus inquisitivas mentes y la vergüenza de mi inminente desaparición ante el doloroso olvido de los políticos contemporáneos.

Hoy en día, como todo retirado, dedico mis mañanas a leer los diarios del país. La atolondrada forma de expresarse, la inexistente riqueza de vocabulario, la ignorancia histórica, la chabacana macharranería a flor de piel y la celebración de la idiotez me lastiman más de lo que podrían expresar las palabras.

A sabiendas de que sólo un selecto grupo de individuos me recuerda (y los pobres son llamados elitistas al nombrarme), no veo otra solución que no incluya la exclusión planificada de ciertos elementos del panorama político nacional de la piscina genética del país. Aunque tengo pleno conocimiento de que mi radical propuesta no es perfecta, me parece un acertado comienzo.

Por lo antes expuesto, apelo al amor patrio y a la conciencia social de los lectores de este foro para que apoyen mi proyecto de eugenesia política. Si bien las nuevas generaciones prometen tan poco como la presente, me parece que una buena limpieza genética le daría ánimos a ese minúsculo grupo de posibles prospectos con cerebro que, ante el actual dominio absoluto de la memez, optan por mantenerse en peligroso silencio y lastimera inacción.

Muchas gracias por su tiempo.

http://www.elnuevodia.com/columna-eugenesia-913326.html

sábado, 5 de marzo de 2011

El segundo que importa

Hay veces en las que nos toca decidir y actuar con tanta rapidez que ambos actos parecen la misma cosa. A veces, haciendo alarde de ese desequilibrio mental que me caracteriza, me siento delante de la computadora y busco ese video de menos de medio minuto en el que Karl Wallenda conoce a la muerte.
Por lo general apago la música y me concentro en las manos de Wallenda. Imagino el terror en sus ojos y me parece que cuando comienza a doblar las rodillas ya ha decidido no terminar de caminar por el cielo y esperar rescate agarrado al cable que se mece bajo sus pies. Luego veo ese segundo en que se lanza a agarrar el cable y sus manos fallan, su peso cae y los dedos rozan la salvación por menos de un segundo. Luego Wallenda simplemente cae. Lo peor de todo es que no grita. Abajo lo espera la muerte tonta de aquellos que fallecen haciendo cosas como caminar entre dos edificios sobre un cable en un día ventoso y sin mecanismo alguno de seguridad.
Ese segundo en que Wallenda se decide a agarrar el cable es el mismo que nos persigue a nosotros todos los días. Unos optan por apretar el gatillo, otros se saltan una luz roja, algunos se convencen de un trago más no hará la diferencia y muchos encuentran colmillos al final de una decisión tonta de todos los días. El punto es que el final está a la vuelta de la esquina, la fragilidad no acepta excusas y la muerte es muy hija de puta. Vivimos a un paso invisible de un precipicio infinito y es saludable recordarlo de vez en cuando.
"Todo tiene su final," cantaba Héctor Lavoe. "Todo lo que termina termina mal," dice Calamaro. "Y hubo tanto ruido que al final llegó el final," dice Sabina. Fukuyama ya acabó con todo y a Nietszche me lo dejo en el tintero.
Con tanto final acechando, conviene celebrar los principios. Sé que es inevitable la llegada de "el silencio más hermoso jamás oído," como decía el gran Bukowski, pero mientras no llega me gusta escuchar música. Me niego a comulgar con el silencio. Mientras me entre aire en los pulmones, haré un escándalo cabrón cada vez que aparezca uno de esos malnacidos, crueles, iracundos, inevitables y asesinos segundos y yo logre agarrar la cuerda a tiempo. Al final, la vida no es más que la celebración de esas microscópicas victorias efímeras.

jueves, 3 de marzo de 2011

Soy rico

Soy rico porque soy casi pobre. Soy rico porque puedo pagar todas mis cuentas y mi casa está llena de libros pero no me preocupa la bolsa. En mis bolsillos cargo la palabra paupérrimo. Pau en mi bolsillo izquierdo (porque comparte espacio con las llaves) y pérrimo en el eternamente vacío bolsillo derecho. Soy rico porque mi trabajo es mucho mejor que el tuyo. La noche del sábado la pasé trabajando: escuchando música de la buena y hablando con individuos que, por razones que es mejor no divulgar en espacios públicos, han tenido que cambiar sus nombres más de una vez.
Soy rico porque estoy parado a unos días de distancia de empezar un guiso nuevo que me va a pagar bien por hacer lo que me gusta.
Tengo millones de palabras a mi disposición y una guitarra apoyada contra la pared y cargada de paciencia y rebeldía. Soy rico porque mi disidencia no va atada a un cheque. Todo el humor del mundo es mío y me disfruto el periódico más que una mierda de película en 3-D. Soy inmensamente feliz porque tengo suficiente conocimiento como para saber que no necesito un iPad...y tu tampoco.
Soy rico porque aún no son las dos de la tarde y ya viajé de Nick Cave a Roberto Roena. Soy rico porque me pagan por opinar, vivo a unas ocho horas de New Orleans y en dos semanas tendré unas pequeñas vacaciones.
Soy rico porque esta semana convencí a una profesora y una dozena de estudiantes graduados de que un análisis contextualizado de la historia de la ciencia ficción demuestra que ese género sirve en cierta medida para predecir el futuro de los adelantos tecnológicos.
Soy rico porque, en términos generales, me importa un carajo. Soy multimillonario porque tengo más de un foro para decir lo que me da la gana. Soy rico porque hace casi un año una doctora me dijo, sumamente convencida de lo que decía, que mi espalda estaría lastimada de por vida y, en caso de empeorar, necesitaría operarme; tres meses después me estaba comiendo el gimnasio como si nada hubiese ocurrido.
En pocas palabras: soy rico porque tengo lo que tengo y lo que no tengo no me hace falta.

sábado, 19 de febrero de 2011

Violencia y posdatas literarias

La violencia me fascina. La capacidad humana para hacer daño sólo compara con la relativa fragilidad de nuestros cuerpos. Esa fascinación, que más de uno ha declarado aberrante y malsana, me ha llevado por extraños caminos literarios y fílmicos. Conozco como la palma de mi mano las historias de Albert Fish, Ed Guein, John Wayne Gacy, Andrei Chikatilo, Jack el Destripador, Ted Bundy, Jeffrey Dahmer y algunos otros asesinos de renombre. ¿Qué es lo peor de tener ese conocimiento? Vivir sabiendo que ninguno de esos individuos distaban demasiado del resto de nosotros.
Durante mucho tiempo pensé que había que estar mal de la cabeza para hacer cosas como esas. Luego aprendí que muchas personas matan o lastiman a un número mucho menor que los asesinos en serie pero con el mismo resultado fatal. Ahora he aprendido algo mucho peor.
Esta semana terminé de leer un libro titulado The Murderer Next Door: Why the Mind is Designed to Kill, de un psicólogo y profesor de UT llamado David M. Buss. El señor Buss es experto en psicología evolutiva y ha tenido a su cargo algunas de las investigaciones sobre violencia más importantes de las últimas dos décadas. En pocas palabras, el instinto de matar es una semilla flamable que todos llevamos en algún rincón del cerebro y que puede estallar en cualquier momento y por una diversidad infinita de razones.
El ser humano no puede pretender esconder miles de años de instinto asesino: somos unas bestias violentas y la manera en que nos tratamos lo demuestra. Según la psicología evolutiva, la forma más primal de evitar que nos quiten la pareja, demostrar nuestra superioridad y cuidar de nuestros hijos, por mecionar algunas cosas, es el asesinato.
¿Cuántas veces te ha pasado por la cabeza matar a alguien? No te preocupes: es natural. Esas veces en que decimos "Si alguien toca a mi hija/hijo..." o "El que le haga daño a mi familia..." son prueba de lo que propone Buss. El hecho de que nuestra propia evolución nos ha forzado a desarrollar mecanismo de defensa que van en contra de nuestras propias leyes me parece jocoso. Una de las partes más interesantes del libro es cuando se discuten los escenarios necesarios para que las personas acepten el asesinato como una opción viable que ha de pasar impune.
En resúmen: matar es parte de la naturaleza humana. La dicotomía entre nuestra naturaleza y la moral es el espacio desde el cual debemos tener todas las conversaciones en cuanto al asesinato. ¿Quién se atreve a empezar?

Hoy les dejo dos deliciosas posdatas literarias de primer orden:

"Soy el brujo que arde en tus entrañas y tus amantes tan sólo un instrumento gastado, roto, desafinado. Soy el brujo nena, el animal sagrado, la verga herida y tus amantes tan sólo el opaco y lejano sonido de un insecto ciego. Soy el infierno que devora tu cielito de promesas y sinsabores, soy el ansia y la sed que no apaga el agua y tus amantes tan sólo súplicas y mentiras en tu buzón de voz."
- Efraim Medina

"Me niego a cohabitar con la estupidez."
- Pedro Juan Gutiérrez

domingo, 13 de febrero de 2011

Onceavo Buscapié

Seguimos. Aplaudo a Egipto y festejo con un saco de sal la partida de De la Torre.
El otro día vi una película de Stephen King que se llama The Mist. La pelícua es bastante mala, pero sirve the brillante analogía para la situación de desconcierto de la UPR.


13 Febrero 2011
Gigante

El gigante aprieta los puños. Su camiseta azul tiene una palabra bordada en el pecho: hegemonía. Su déficit neuronal palidece ante el exceso de bíceps. Su simiesca mano empuña un garrote que vuela en un iracundo y ridículo intento por apaciguar la razón y dominar el verbo. La ira injustificada que carcome a la bestia lo ciega y ensordece. El único discurso que sale de sus fauces es el gruñido frustrado y el grito colérico.

Frente al enorme bárbaro se reúne un ejército cada vez más grande. Blanden elocuencia, coherencia y, más importante aún, los acompaña la razón. Sobre los apaleados hombros de la guerrilla pesa el cadáver inútil de la intransigencia del gigante.

La sangre corre y el gigante despacha un facsímil irrazonable de justicia unilateral que convierte el sueño de vivir en una democracia en un chiste de mal gusto. Los subordinados del gigante hacen su aparición. Vestidos de azul y con una necesidad imperiosa de demostrar su fuerza, los subordinados hacen lo posible por destrozar los intentos de raciocinio y los llamados a la negociación.

Acto seguido, como algo sacado de una pésima película de ciencia ficción “straight to video”, hacen su apocalíptica aparición los jinetes de la inopia. Vestidos de justicieros galácticos y embadurnados de testosterona, los jinetes pasean sus ridículos trajes espaciales por delante de los apaleados guerrilleros de la razón.

De los gritos, la adrenalina que engendra la violencia y los golpes innecesarios nacen como flores las preguntas. ¿Quién le otorgó un espacio a la tiranía en los espacios intelectuales? ¿De qué sirven los gobiernos malogrados? ¿Hasta cuándo reinará la tosquedad y la estupidez? ¿Debemos cambiar de vestimenta para recibir el nuevo oscurantismo?

Queda un trío de consuelos lenitivos. El primero es la llegada de nuevas tropas armadas de neuronas a las filas de la conciencia. El segundo es que los luchadores de la razón no se han rendido. Por último, queda como bandera una certera cita de Fito Cabrales: “Menos mal que con los rifles no se matan las palabras”.

n El autor es estudiante doctoral.


http://www.elnuevodia.com/columna-gigante-889157.html

martes, 8 de febrero de 2011

Hasta siempre, Gary

Faltaban pocos días para que mi vida alcanzara las 18 primaveras. Mi cuerpo saltaba dentro una Rodeo con problemas de suspensión y sin aire que se desplazaba a exceso de velocidad por caminos de tierra en algún rincón de Guánica. Mi barriga iba llena de cerveza y en mis oídos sonaba por primera vez el vozarrón y la guitarra de Gary Moore.
Desde aquel verano hasta hoy los discos de blues de Gary han sido parte del selecto grupo al que siempre regreso sin importar el tiempo o la evolución de los gustos. Además, su concierto de Montreux de 1990 es uno de esos pocos DVD que he comprado en mi vida y que, junto a conciertos de Eric Johnson, Al Di Meola, Clapton, Steve Vai, Yngwie Malmsteen y Satriani, no me canso de ver una y otra vez.
Ahora Gary ha muerto y nos deja a todos con un blues del carajo y un puñado de canciones como bálsamo.
Gary sabía lo que era el blues y su dedo del corazón era una arma letal que usaba como pocos guitarristas en cada solo.
Gary vuelve a sonar en mis bocinas esta noche y revisito clásicos como "Still got the blues," "Parisienne Walkways," "Sky is crying," "Too tired," "Oh pretty woman," "King of the blues" y "Walking by myself."
Siempre se mueren los buenos.
Hasta siempre, Gary.

miércoles, 26 de enero de 2011

Baudrillard, el profeta del futuro

“In its current sense, the virtual stands opposed to the real, but its sudden emergence, through the new technologies, gives us the sense that it now marks the vanishing or end of the real.” - Jean Baudrillard

Después de cuatro años de perseguir un entendimiento profundo de la obra de Baudrillard sólo he podido llegar a una conclusión: en el futuro, humanoides biomecánicos cerrarán los ojos para comunicarse con amigos en cualquier rincón de un reducido mundo y hablarán de Baudrillard como un profeta.
Si bien mi trabajo teórico en el campo de la hiperrealidad ha sido ignorado simple y sencillamente porque no lo entienden los que me rodean, también es cierto que las cabezas se mueven en silenciosa afirmación y las cejas se levantan declarando una sorpresiva realización cada vez que pontifico sobre la desaparición de la interfaz.
No hay más que leer a William Gibson, Isaac Asimov o Ray Bradbury para saber que las ideas más locas del pasado para nosotros no son hoy más que la tecnología obsoleta del ayer. ¿Qué es un corazón mecánico sino el comienzo de seres biomecánicos? Lo mismo aplica a tímpanos artificiales, prótesis robóticas y demás adelantos tecnológicos que sólo vemos como adelantos médicos. ¿Cuán omnipresente es ese ciberespacio que imaginó Gibson?
Propongo aceptar la futura e inevitable desaparición de todas las interfaces y enfrentar las implicaciones de un mundo nuevo desde ahora, sencillamente porque ya está aquí. Retomemos a Baudrillard, saquemos los ojos de la pantalla del teléfono o de la computadora e imaginemos un día sin tecnología. Aceptemos la vertiginosa velocidad de los avances, la omnipresencia del Internet en el lado suertudo de la brecha digital y miremos con ojo crítico la desaparición de la interfaz.
La desaparición de la capacidad de autoanalizarnos es la desaparición de lo que nos hace humanos. Si sueno eternamente apocalíptico es porque estudio la sintomatología del virus llamado tecnología a diario. Si la filosofía mató a Dios, la conversión del ser pensante en mero procesador de información audiovisual implica la muerte de la filosofía. Desenmarañar el futuro aún es cosa de humanos.