Levanto un pie y lo coloco en la pared, apoyándome como una estatua mitad garza mitad hombre. En la acera opuesta hay un tipo tocando una guitarra ligeramente desafinada. Puede tener cualquier edad entre los 25 y los 65 años. "I play my music in the sun"... Tom Petty. No... eso era un cover. Lo escribió Steve Miller. Meto la mano en el bolsillo y saco mis tesoros: dos dólares y el recibo de un sandwich. Es más que suficiente.
Camino. Alguien dibujó una carita feliz sobre la cubierta transparente de un contador de energía. Hermoso: una sonrisa gratis y permanente que saluda a los transeúntes desde el anonimato de su creador. Una ardilla gorda corre por el borde de una verja de madera. Tengo hambre otra vez. Eso es bueno. Un poco de hambre te ayuda a sentirte más vivo. No llevo reloj pero esa pesadez anaranjada que se tiende sobre los edificios más altos de la ciudad me avisa que es hora de volver a casa. Emprendo la eterna búsqueda del eterno retorno.
De camino a casa busco una excusa para sonreír. Llega casi de inmediato: al genio de turno se le ocurrió poner al analfabestia de Daddy Yankee de moderador del último debate político. Cuatro mentirosos y el tonto del pueblo: una verdadera joya televisiva. Me lo perdí y siento una alegría indescriptible por no haberlo visto.
Se vacía la sonrisa: el placer que me puede brindar el intento de atraer a una juventud aislada e indiferente hacia la política sumando a la mierda existente un enano mental con aparente epilepsia en los brazos y graves problemas a la hora de contruir una oración coherente tiene un límite casi inmediato.
Busco otra cosa en el archivo. Me acuerdo de que pronto llegará el iPhone a Puerto Rico. Me alegro como nunca de estar en Austin. Como ya estoy cerca de casa acelero el paso, entro y me arrodillo a rezarle a los dioses de la catástrofe: "Por favor, respetables deidades iracundas, dadme el placer de leer sobre una explosión en las tiendas de AT&T, un loco con una escopeta que piense que Satanás vive dentro de esos ridículos aparatitos, un ataque terrorista en algún centro comercial, demencia en las filas seguida de incontrolable violencia... algo". "Consumir, consumir, innecesariamente", eso la tengo clarísima: Pedro Guerra. Después recuerdo que ya despotriqué contra el iPhone en una entrada de mi blog y me pregunto cuántos seres conoceré que se comprarán un iPhone y dejarán de hablarme por no pertenecer a su círculo sociotecnológico. Lástima.
Abro un periódico y leo la filosofía/eslógan de un complejo de viviendas de la ciudad: "enjoy being". Suena como un plan maravilloso. Al carajo con todo. Comida, libros, guitarra: todo está cerca. ¿La economía bucenado en la cuneta? ¿MacCain y Palin? ¿El absurdo festival de déficits neuronales haciendo el tonto en la televisión en un debate donde nadie pregunta nada importante? ¿La baja notable en la temperatura? Nada importa, disfruto de ser.
jueves, 16 de octubre de 2008
lunes, 6 de octubre de 2008
De política
Estoy parado en la parada (bonita frase) esperando el autobús de las 9:34 p.m. cuando se me acerca esta señora mayor con todo el pelo blanco, corto, una blusa rosa, una libreta y una pancarta de cartón que avisa que tengo hasta la medianoche de hoy para registrarme para votar.
Usualmente voy al supermercado los lunes por la noche para evitar las multitudes de los sábados y domingos. Estoy en la parada con mis bolsas y mi música y me siento tranquilo. Ella se acerca con una sonrisa simplástica de vendedora de enciclopedia y me pregunta si ya me registré para votar. Ahora bien, ante la probabilidad de que esta señora y su discurso político se convirtieran en un binomio que me iba a joder la noche, opté por utilizar una de mis armas favoritas: la sinceridad. Me paré derecho (estaba apoyado en un basurero), le miré a los ojos seriamente y le dije: "No, señora, no me he registrado para votar ni pienso hacerlo, pero gracias por la invitación". Ella movió su cabeza hacia el lado izquierdo como hacen los perros intrigados (o Forrest Gump) y me preguntó: "¿Por qué no se va a registrar?". "Verá usted, señora, yo soy anarquista". Ella abrió los ojos, apretó la libreta contra el pecho y dió un paso atrás. "No se preocupe. No soy un anarquista de esos que golpea personas, rompe vidrieras y roba televisores. Simplemente creo en el sueño de la anarquía como usted cree en la quimera tonta de la democracia", le expliqué.
Después de unos segundos de silencio, la señora regresó al lugar que ocupaba originalmente. Resulta que ella tampoco confía ya en la democracia. La oligarquía mezclada con idiotez de su presidente la tiene cansada. Leyó en algún sitio que los anarquistas proponen vivir en comunas y la idea le parece buena. Le conté que la democracia sobre papel, al igual que mi anarquía, el comunismo o el socialismo, es una utopía maravillosa. Se me acercó más y me confesó que es socialista pero que se tiene que conformar con la democracia que le ofrecen en el país en el que vive. Su hija vive en Dinamarca (perdonen a la ilusa que intentó comparar Dinamarca con Estados Unidos) y allí todo funciona mejor que aquí: si a un político se le ocurre decir que va a bajar los impuestos, lo cuelgan del palo mayor por imbécil. Ella se acaba de retirar, vive enamorada de España y quiere aprender español. Cuando llegó mi autobús me tendió la mano con respeto y le regalé una sonrisa y un "buena suerte con su Obama, si hace un cuarto de lo que usted espera, nos podemas dar por bien servidos". Lamentablemente, a estas alturas ya no confiaba en nada ni en nadie. Agarré mis bolsas y me largué con mi anarquía a otra parte.
Creo que la convencí de no votar.
Usualmente voy al supermercado los lunes por la noche para evitar las multitudes de los sábados y domingos. Estoy en la parada con mis bolsas y mi música y me siento tranquilo. Ella se acerca con una sonrisa simplástica de vendedora de enciclopedia y me pregunta si ya me registré para votar. Ahora bien, ante la probabilidad de que esta señora y su discurso político se convirtieran en un binomio que me iba a joder la noche, opté por utilizar una de mis armas favoritas: la sinceridad. Me paré derecho (estaba apoyado en un basurero), le miré a los ojos seriamente y le dije: "No, señora, no me he registrado para votar ni pienso hacerlo, pero gracias por la invitación". Ella movió su cabeza hacia el lado izquierdo como hacen los perros intrigados (o Forrest Gump) y me preguntó: "¿Por qué no se va a registrar?". "Verá usted, señora, yo soy anarquista". Ella abrió los ojos, apretó la libreta contra el pecho y dió un paso atrás. "No se preocupe. No soy un anarquista de esos que golpea personas, rompe vidrieras y roba televisores. Simplemente creo en el sueño de la anarquía como usted cree en la quimera tonta de la democracia", le expliqué.
Después de unos segundos de silencio, la señora regresó al lugar que ocupaba originalmente. Resulta que ella tampoco confía ya en la democracia. La oligarquía mezclada con idiotez de su presidente la tiene cansada. Leyó en algún sitio que los anarquistas proponen vivir en comunas y la idea le parece buena. Le conté que la democracia sobre papel, al igual que mi anarquía, el comunismo o el socialismo, es una utopía maravillosa. Se me acercó más y me confesó que es socialista pero que se tiene que conformar con la democracia que le ofrecen en el país en el que vive. Su hija vive en Dinamarca (perdonen a la ilusa que intentó comparar Dinamarca con Estados Unidos) y allí todo funciona mejor que aquí: si a un político se le ocurre decir que va a bajar los impuestos, lo cuelgan del palo mayor por imbécil. Ella se acaba de retirar, vive enamorada de España y quiere aprender español. Cuando llegó mi autobús me tendió la mano con respeto y le regalé una sonrisa y un "buena suerte con su Obama, si hace un cuarto de lo que usted espera, nos podemas dar por bien servidos". Lamentablemente, a estas alturas ya no confiaba en nada ni en nadie. Agarré mis bolsas y me largué con mi anarquía a otra parte.
Creo que la convencí de no votar.
domingo, 28 de septiembre de 2008
En Walgreens
Era tarde. Cerca de las 3:30 a.m. de un sábado cualquiera. La borrachera era una cosa seria. San Juan, gran escenario nocturno de mi primera juventud, quedaba conquistado a nuestras espaldas una vez más. La hora y el alcohol trajeron consigo uno de esos ataques de brillantez y memoria selectiva que solía sufrir Trobi. Necesitaba champú y gel para el pelo. Una perfecta combinación de necesidades capilares a deshora.
Las opciones no eran muchas y, tras la odisea de recordar en que punto geográfico de la isleta habíamos dejado el caballo de hierro, arrastramos nuestros cuerpos apestosos a cigarrillo y el aliento de güisqui hasta el Walgreens de Isla Verde. Una vez en el pasillo correcto, las incógnitas no se hicieron esperar y el pobre de Trobi comenzó a sufrir un ataque de nervios ante la posibilidad de adquirir un producto para su cabello que no compensara el desembolso que haría para poder sacarlo de la tienda. Mi primera opción, robar cualquiera y salir de allí, recibió una fuerte reprimenda de mi amigo. Sólo le faltaba ponerse los calzoncillos por encima del mahón por el puto pote de gel. En fin, al final de la sección de los acondicionadores había una dama. Su atuendo delataba que acababa de salir de trabajar de una oficina seria (o donde sea que exigen a las mujeres llevar chaquetas azules y pantalones largos del mismo color).
Sabía que el tiempo que íbamos a pasar en aquel pasillo demasiado iluminado sería mi responsabilidad. Obviando la cara de perdido del confundido comprador, agarré los tres o cuatro potes que analizaba con tanto detenimiento y caminé hasta la muchacha. Sabía que un tipo con el pelo largo, mahones sucios y olor a güisqui no es el sueño de ninguna fémina en Walgreens al borde las cuatro de la mañana por lo que decidí actuar con propiedad y hablarle con corrección.
"Le ruego que disculpe mi interrupción, distinguida dama, no es mi intención irrumpir abruptamente en su proceso de adquisión de productos para el cabello. Lamento mucho tener que robarle unos segundo de su tiempo a una hora tan inoportuna. Espero no incomodarla en exceso. Verá, es que mi amigo y yo nos enfrentamos a una dicotomía que, aunque a primera instancia pueda parecer superflua, realmente nos preocupa y por ello recurrimos a usted. Nos gustaría que alumbrase con su... expertise femenino un entuerto de carácter capilar. Le rogamos que nos ayude a salvaguardar el bienestar de los folículos pilosos de mi amigo y nos ayude a elegir la combinación de champú y gel que más le convenga dentro de un limitado presupuesto". Terminé la perorata y ella me miró por espacio de dos o tres segundos más. Entonces apretó el pote que tenía en la mano y salió corriendo por el pasillo sin decir nada. De más está decir, pero lo digo igual, que la risa de Trobi retumbó por todo el establecimiento.
Me quedé clavado como un idiota con los productos en los brazos mirando la esquina por la que había desaparecido la mujer. Regresé hasta donde estaba Trobi y me informó que había tomado la importante decisión. Salimos de allí y llegamos a casa dejando a nuestro paso un río de carcajadas por toda la Avenida Isla Verde.
Divago. Lo que quería decir es que los años pasaron y hoy entré a Walgreens a comprar leche. Inmeditamente me atacó ese peculiar olor que tienen todos los Walgreens del mundo: una mezcla de centro comercial y desinfectante de hospital. Ese olor del espacio-no-espacio (y si los espacios-no-espacios existen Walgreens es el rey indiscutible) me trajo el grato recuerdo de aquella noche. No obstante esta noche estaba solo. Paseé un rato por el pasillo de los champús en busca de alguna aventura y al final regresé a casa sin nada que contar. Extraño aquellos días.
Metí mi leche en la nevera, bajé al laundry comunitario y metí mis media mojadas en la secadora y coloqué mis cuatro pesetas. La máquina, como la vida, se limitó a dar vueltas y más vueltas...
Las opciones no eran muchas y, tras la odisea de recordar en que punto geográfico de la isleta habíamos dejado el caballo de hierro, arrastramos nuestros cuerpos apestosos a cigarrillo y el aliento de güisqui hasta el Walgreens de Isla Verde. Una vez en el pasillo correcto, las incógnitas no se hicieron esperar y el pobre de Trobi comenzó a sufrir un ataque de nervios ante la posibilidad de adquirir un producto para su cabello que no compensara el desembolso que haría para poder sacarlo de la tienda. Mi primera opción, robar cualquiera y salir de allí, recibió una fuerte reprimenda de mi amigo. Sólo le faltaba ponerse los calzoncillos por encima del mahón por el puto pote de gel. En fin, al final de la sección de los acondicionadores había una dama. Su atuendo delataba que acababa de salir de trabajar de una oficina seria (o donde sea que exigen a las mujeres llevar chaquetas azules y pantalones largos del mismo color).
Sabía que el tiempo que íbamos a pasar en aquel pasillo demasiado iluminado sería mi responsabilidad. Obviando la cara de perdido del confundido comprador, agarré los tres o cuatro potes que analizaba con tanto detenimiento y caminé hasta la muchacha. Sabía que un tipo con el pelo largo, mahones sucios y olor a güisqui no es el sueño de ninguna fémina en Walgreens al borde las cuatro de la mañana por lo que decidí actuar con propiedad y hablarle con corrección.
"Le ruego que disculpe mi interrupción, distinguida dama, no es mi intención irrumpir abruptamente en su proceso de adquisión de productos para el cabello. Lamento mucho tener que robarle unos segundo de su tiempo a una hora tan inoportuna. Espero no incomodarla en exceso. Verá, es que mi amigo y yo nos enfrentamos a una dicotomía que, aunque a primera instancia pueda parecer superflua, realmente nos preocupa y por ello recurrimos a usted. Nos gustaría que alumbrase con su... expertise femenino un entuerto de carácter capilar. Le rogamos que nos ayude a salvaguardar el bienestar de los folículos pilosos de mi amigo y nos ayude a elegir la combinación de champú y gel que más le convenga dentro de un limitado presupuesto". Terminé la perorata y ella me miró por espacio de dos o tres segundos más. Entonces apretó el pote que tenía en la mano y salió corriendo por el pasillo sin decir nada. De más está decir, pero lo digo igual, que la risa de Trobi retumbó por todo el establecimiento.
Me quedé clavado como un idiota con los productos en los brazos mirando la esquina por la que había desaparecido la mujer. Regresé hasta donde estaba Trobi y me informó que había tomado la importante decisión. Salimos de allí y llegamos a casa dejando a nuestro paso un río de carcajadas por toda la Avenida Isla Verde.
Divago. Lo que quería decir es que los años pasaron y hoy entré a Walgreens a comprar leche. Inmeditamente me atacó ese peculiar olor que tienen todos los Walgreens del mundo: una mezcla de centro comercial y desinfectante de hospital. Ese olor del espacio-no-espacio (y si los espacios-no-espacios existen Walgreens es el rey indiscutible) me trajo el grato recuerdo de aquella noche. No obstante esta noche estaba solo. Paseé un rato por el pasillo de los champús en busca de alguna aventura y al final regresé a casa sin nada que contar. Extraño aquellos días.
Metí mi leche en la nevera, bajé al laundry comunitario y metí mis media mojadas en la secadora y coloqué mis cuatro pesetas. La máquina, como la vida, se limitó a dar vueltas y más vueltas...
viernes, 19 de septiembre de 2008
Desde mi pequeña habitación
Hace días que vivo de computadoras prestadas. Se han colado errores gramaticales en este lugar donde tanto se respeta la lengua. Ah, pero las noches osn otra cosa. Por las noches me encierro en un apartamento pequeñito con las cama deshecha a seis pies de la mesita en donde escribo y tecleo como un loco. Tomé un trozo de luz de Bukowski y lo enrede como una bestia a los pies de la mesita donde cada noche cultivo la locura. Últimamente mi guitarra me habla. Nunca contesto. Leo entrevistas de Calamaro y vivo en otros países a fuerza de leer e imaginar.
Les dejo las instrucciones. No las sigan si piensan en fama, reconocimiento o dinero. No las sigan al pie de la letra: es peligroso emular a los dioses y conviene siempre desarrollar ideas originales. Es sólo un lugar para empezar. En ese lugar nos vemos...
Como ser un gran escritor
tienes que follarte a muchas mujeres
bellas mujeres
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y/o los nuevos talentos.
sólo toma más cerveza más y más cerveza.
Ve al hipódromo por lo menos una vez a la semana
y gana
si es posible.
aprender a ganar es difícil,
cualquier idiota puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu cerveza.
no te exijas.
duerme el mediodía.
evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).
y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte
no es necesariamente una mala cosa.
quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las araña sé paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
más el exilio la derrota la traición toda esa basura.
quédate con la cerveza
la cerveza es continua sangre.
una amante continua.
agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa
dale duro.
haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien: Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos
en habitaciones minúsculas como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres sin comida sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay está bien igual.
Les dejo las instrucciones. No las sigan si piensan en fama, reconocimiento o dinero. No las sigan al pie de la letra: es peligroso emular a los dioses y conviene siempre desarrollar ideas originales. Es sólo un lugar para empezar. En ese lugar nos vemos...
Como ser un gran escritor
tienes que follarte a muchas mujeres
bellas mujeres
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y/o los nuevos talentos.
sólo toma más cerveza más y más cerveza.
Ve al hipódromo por lo menos una vez a la semana
y gana
si es posible.
aprender a ganar es difícil,
cualquier idiota puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu cerveza.
no te exijas.
duerme el mediodía.
evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).
y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte
no es necesariamente una mala cosa.
quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las araña sé paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
más el exilio la derrota la traición toda esa basura.
quédate con la cerveza
la cerveza es continua sangre.
una amante continua.
agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa
dale duro.
haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien: Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos
en habitaciones minúsculas como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres sin comida sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay está bien igual.
viernes, 12 de septiembre de 2008
Cool
Con la precisión casada a la tranquila pasión desmedida el tipo serpentea por la acera con un flow tan cool como los soplos milagrosos de Miles Davis. Apoya el hombro contra un poste y le clava los ojos a la luna como echándole la culpa de algo. Luego mueve los pies hacia el borde de la acera y se balancea sobre los carros que pasan. Danza a tres pulgadas de la muerte mientras espera un algo que nunca llega.
Por la cuenca de su oído se derrama un tango prestado y triste. El tipo asiente: "te quiero aunque creas que no hay nada en que creer, te quiero aunque estés loca de atar". Otras luces se pasean por su camiseta azul y él espera al animal. El tipo escupe en la cuneta oscura y los pocos transeúntes que decoraban la acera se esfuerzan por cambiarse al otro lado de la calle.
Dueño de la noche, ente solitaro que pasea con decisión pero sin rumbo fijo, capitán de la deriva, feliz estrellado en la nada, sedienta pupila que saborea sonidos. El tipo detiene el tren desbocado de sus elucubraciones huérfanas de papel y en tercera persona y se da cuenta: esta noche es un tipo cool.
Lástima que en la vida nada dura para siempre.
Por la cuenca de su oído se derrama un tango prestado y triste. El tipo asiente: "te quiero aunque creas que no hay nada en que creer, te quiero aunque estés loca de atar". Otras luces se pasean por su camiseta azul y él espera al animal. El tipo escupe en la cuneta oscura y los pocos transeúntes que decoraban la acera se esfuerzan por cambiarse al otro lado de la calle.
Dueño de la noche, ente solitaro que pasea con decisión pero sin rumbo fijo, capitán de la deriva, feliz estrellado en la nada, sedienta pupila que saborea sonidos. El tipo detiene el tren desbocado de sus elucubraciones huérfanas de papel y en tercera persona y se da cuenta: esta noche es un tipo cool.
Lástima que en la vida nada dura para siempre.
domingo, 7 de septiembre de 2008
Piratas
Ayer caminé como un demente en busca de un rincón para morir. Al final encontré la librería que buscaba y no compré nada. Regresé a casa leyendo el mismo libro que leía cuando me fui. No soy fanático de la política y me apestan las biografías de los que no han muerto drogados, alcoholizados o por mano de alguien que los odiaba con pasión desmesurada. No hay nada más triste que un anarquista en la parada de autobús leyendo la biografía del puto republicano nazi de Alberto Gonzales. ¿A dónde me estoy llevando? ¿Seré Quijote y Sancho a la vez?
Hoy me siento a dedicarle un par de horas a mi escritura mercenaria y mi pensamiento se remonta a un cuartucho/oficina en un negocio de tatuajes de Bayamón. En ese entonces Jaime y yo trabajábamos en la revista que murió antes de nacer. El puto punto es que, entre fotos de piercings en la espalda y un olor a marihuana que tumbaría a un caballo, Droopy se sacó el gallo de la boca y me dio la cita que buscaba: "En este negocio todos somos piratas". Tenía razón, todos somos un poco piratas. Vivir a la deriva es sólo parte del proceso.
Hoy me siento a dedicarle un par de horas a mi escritura mercenaria y mi pensamiento se remonta a un cuartucho/oficina en un negocio de tatuajes de Bayamón. En ese entonces Jaime y yo trabajábamos en la revista que murió antes de nacer. El puto punto es que, entre fotos de piercings en la espalda y un olor a marihuana que tumbaría a un caballo, Droopy se sacó el gallo de la boca y me dio la cita que buscaba: "En este negocio todos somos piratas". Tenía razón, todos somos un poco piratas. Vivir a la deriva es sólo parte del proceso.
jueves, 4 de septiembre de 2008
No hemos aprendido nada
El genial H.P. Lovecraft pintó mi amor por la lectura de horrores innombrables. No obstante, la genialidad del nativo de Providence, Rhode Island, residía en su conocimiento intrínseco de la naturaleza humana. Uno de esos párrafos llenos de luz y sombra lee así: "Lo más misericordioso del mundo, creo yo, es la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas".
Hoy no sé si las tinieblas vendrán de la mano de un hlocausto nuclear, un robot con instintos asesinos, la adicción a Internet, la ignorancia como plataforma de vida o la economía de cuneta que atravesamos. Lo que si sé es que la academia sigue complicando la historia para que cada uno tenga un nicho más reducido, un conocimiento más especializado y plagado de terminología rimbombante en pos de la perpetuación de la nada. Nada sabemos y negamos los absolutos.
Tengo que saltar del Cthulhu de Lovecraft a El Nombre de la Rosa de Eco: "A veces es bueno que los secretos sigan protegidos por discursos oscuros". ¿Tan malo sería enterarnos de lo que realmente somos? Supongo que si.
Hoy no sé si las tinieblas vendrán de la mano de un hlocausto nuclear, un robot con instintos asesinos, la adicción a Internet, la ignorancia como plataforma de vida o la economía de cuneta que atravesamos. Lo que si sé es que la academia sigue complicando la historia para que cada uno tenga un nicho más reducido, un conocimiento más especializado y plagado de terminología rimbombante en pos de la perpetuación de la nada. Nada sabemos y negamos los absolutos.
Tengo que saltar del Cthulhu de Lovecraft a El Nombre de la Rosa de Eco: "A veces es bueno que los secretos sigan protegidos por discursos oscuros". ¿Tan malo sería enterarnos de lo que realmente somos? Supongo que si.
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