Lejos de dilucidar la complicada y errática naturaleza del homo sapiens, el presente estudio pretende sólo exponer las observaciones hechas de dicha especie dentro de los confines del cuadrangular recinto de transportación vertical conocido como ascensor. La carencia de explicaciones se debe a que esa naturaleza cambiante y errática que mencionábamos desafía a diario los paradigmas y estatutos que la psicología se empeña en querer hacer pasar como infalibles y certeros.
En primer lugar, es necesario entender que el aparato mecánico de desplazamiento vertical resulta para el humano, desde el punto de vista sicológico, un trauma doloroso: el ascensor es el resultado de la inutilidad del cuerpo frente a la pretensión babilónica de los rascacielos modernos en antagonismo directo con la blanda redondez del trabajador promedio. De igual forma, resulta el sarcófago metálico un elemento sine qua non de la vida en los edificos ante la imposibilidad vertical en forma de escalera.
Contextualizado ya el aparato de transportación del proletariado moderno, podemos pasar a ver algunas de las prácticas más comunes. En primer lugar, el ser humano tiene una tendencia irreductible a presionar el botón de llamada del aparato en reiteradas ocasiones, aún a sabiendas de que dicha operación repetitiva y de carácter desesperado e impaciente es totalmente inútil. Es curioso observar que, aunque dicha operación no produjo resultado alguno en la llamada del aparato, muchos primates con traje repiten la operación con el botón que demarca el piso al que desean llegar.
En segundo lugar, se observa un efecto físico dual por el hecho de estar en el recinto en compañía de otros humanos: una contracción del esfínter que produce cara de dolor y un levantamiento de los hombros aunado a un junte de las extremidades con tal de evitar cualquier roce con las demás bestias encerradas en el rectángulo. De igual forma, en lo que respecta al campo visual, el humano busca un punto en el techo, la pared o el suelo para clavar la vista: es necesario evitar el contacto visual con los demás presentes para que no se confundan las intenciones.
En caso de que quede espacio suficiente en el ascensor, se observa que cada miembro del grupo escoge una esquina para pegar su cuerpo a la pared y sólo se separa de su rincón en el momento en que llega a su destino. Claro está, se observan muchos casos en los que, por la prisa y la necesidad de dejar de estar con otros humanos, uno de ellos camina hasta la puerta y sale en el piso equivocado. Cuando esto sucede hay dos soluciones: algunos regresan con el rabo entre las patas a su rincón de silencio y otros, los más orgullosos, depués de poner esa cara de sorpresa que delata que se bajaron en el piso incorrecto, se tragan su error y caminan por el pasillo en espera de que el ascensor se cierre para poder llamar y subirse a otro en el que todos ignoren su error.
Por último, la presencia de otro ser humano siempre preocupa al que primero se va a bajar. Es esa realidad humana que todo el mundo conoce: el que se queda le mira el culo al que sale. Probablemente por esto es que se acelera la respiración y el habla. El resultado de esa acelelración es que, en los casos en que los primates encorbatados recuerdan que sus madres los entrenaron para decir buenos días/tardes/noches, el falso deseo sale de sus bocas con la misma velocidad y entonación que un pedacito de comida que la intrépida y curiosa lengua encontró en la muela trasera dos horas después de comer.
La próxima vez que se vean en una situación de movimiento dentro de uno de estos aparatos, no duden en sonreir ampliamente y mirar a los ojos a sus compañeros de viaje; verán que ellos no saben dónde carajo meterse ni qué hacer. Háganlo y después me cuentan.
martes, 24 de junio de 2008
viernes, 13 de junio de 2008
Buen provecho
A pesar de que no me dejarían decir vagos glotones hijos de la gran puta de manera explícita, El Nuevo Día publicó hoy, viernes 13 (buena fecha) de junio esta columna en la que defiendo a los incapacitados mentales de las más altas esferas de este país roto.
13-Junio-2008
Gabino Iglesias
Escritor y periodista
Buen provecho
El último escándalo político es de naturaleza nutritiva: muchos legisladores ganan en dieta lo que no gana un trabajador promedio en todo el año, y sin cobrar dietas.
La prensa expone a estos representantes y senadores y ellos explican que estas dietas son parte del salario, que es una remuneración justa, que trabajan 14 horas diarias y otra multiplicidad de patrañas dignas de su profesión.
No obstante, esta columna no es una crítica sino una defensa. La necesidad imperiosa de mantener estos intelectuales en posiciones de poder es ineludible al analizar los siguientes puntos:
1-La velocidad pasmosa con que atendieron el mandato de unicameralidad que les hicieron los que los alimentan.
2-La cantidad y calidad de los proyectos legislativos que se han realizado en este cuatrienio.
3-La envidiable desfachatez con que se paran delante de las cámaras de televisión a dar opiniones y a dictar sentencias sobre cualquier cosa y la manera tan entretenida en que exponen sus inútiles rencillas internas y su inimitable forma de perder el tiempo.
4- La pulcra e intachable imagen pública que han logrado mantener todos ellos a lo largo de sus ilustres carreras para agradecer el genial voto de los puertorriqueños (primeros culpables de esto).
5-La defensa acérrima que hacen desde sus puestos de los derechos de los maestros, policías y demás empleados públicos del País.
6-El orgullo palpable que demuestran siempre al mal nombrar al “pueblo de Puerto Rico” para salir del paso y racionalizarlo todo.
Dejemos que cultiven su redondez a costa de los que sí trabajan, que viajen en “lujosas guaguas” y que cambien su ajuar cada seis meses. Sólo podemos desear que algún día, por imposible que parezca, entre la reyerta politiquera de turno y perder el tiempo cobrando en exceso, llegue una mágica plaga de conciencia a sus oficinas.
13-Junio-2008
Gabino Iglesias
Escritor y periodista
Buen provecho
El último escándalo político es de naturaleza nutritiva: muchos legisladores ganan en dieta lo que no gana un trabajador promedio en todo el año, y sin cobrar dietas.
La prensa expone a estos representantes y senadores y ellos explican que estas dietas son parte del salario, que es una remuneración justa, que trabajan 14 horas diarias y otra multiplicidad de patrañas dignas de su profesión.
No obstante, esta columna no es una crítica sino una defensa. La necesidad imperiosa de mantener estos intelectuales en posiciones de poder es ineludible al analizar los siguientes puntos:
1-La velocidad pasmosa con que atendieron el mandato de unicameralidad que les hicieron los que los alimentan.
2-La cantidad y calidad de los proyectos legislativos que se han realizado en este cuatrienio.
3-La envidiable desfachatez con que se paran delante de las cámaras de televisión a dar opiniones y a dictar sentencias sobre cualquier cosa y la manera tan entretenida en que exponen sus inútiles rencillas internas y su inimitable forma de perder el tiempo.
4- La pulcra e intachable imagen pública que han logrado mantener todos ellos a lo largo de sus ilustres carreras para agradecer el genial voto de los puertorriqueños (primeros culpables de esto).
5-La defensa acérrima que hacen desde sus puestos de los derechos de los maestros, policías y demás empleados públicos del País.
6-El orgullo palpable que demuestran siempre al mal nombrar al “pueblo de Puerto Rico” para salir del paso y racionalizarlo todo.
Dejemos que cultiven su redondez a costa de los que sí trabajan, que viajen en “lujosas guaguas” y que cambien su ajuar cada seis meses. Sólo podemos desear que algún día, por imposible que parezca, entre la reyerta politiquera de turno y perder el tiempo cobrando en exceso, llegue una mágica plaga de conciencia a sus oficinas.
jueves, 12 de junio de 2008
Debajo de un farol
Debajo de un farol, las caderas embutidas en una minifalda de cuero y los pies encarcelados en la incomodidad infinitamente femenina de unos tacones imposibles, una prostituta espera la llegada de un cliente.
Tiene suerte y logra recaudar suficiente para pagar sus cuentas sin hacerle daño a nadie y llega a su casa temprano con el alba de la mano, justo a la hora en que llega periódico. Dentro de su casa la esperan sus dos hijos (o ninguno, o tres o cuatro), su perrito y el inútil de su marido alcohólico (al que mantiene), quintaesencia barrigona del macharrán nacional . Ella se sienta y lee el diario. Todo es prostitución: se venden los intelectuales, aceptan dinero los políticos y las ideologías juegan a ser veleta del viento triste de una economía que agoniza.
Sigue leyendo: por fin alguien contempla en serio el problema de la droga. Más adelante critican a las amantes mercenarias de Mayagüez, Arecibo, etc. Ella piensa en sus congéneres de Río Piedras y sonríe.
Ella sabe que la venta de sensaciones no debería ser un delito perseguido por la ley; la estupidez sí. La solución al “problema” de las “cenicientas de saldo y esquina”, en palabras de el Maestro, se acabaría legalizando su profesión y ofreciéndoles un buen plan médico y de retiro. La utopía se le atraganta al pensar que algún político, hijo de una compañera de trabajo, se robaría los fondos de ese proyecto y escaparía impune mientras el país se suicida, se droga y se atreve a criticar su milenaria ocupación.
Cierra el periódico, prepara el almuerzo de sus hijos y descansa para enfrentar otra noche de peligro vendiendo satisfacción y fantasías a padres de familia y profesionales que llegan a buscar amor clandestino o la compañía secreta de alguno de sus amigos que atienden a figuras públicas, políticos y policías que se niegan a salir del “closet”.
Me uno a Ismael, "puta proletaria, con permiso, sólo quiero un saludo solidario, presentarle mis respetos". Ojala que esta noche no llueva, carne mercenaria, literatura con tacones, mujer de la noche, cliché con minifalda de cuero, eterna puta, orgullo de la nada.
Tiene suerte y logra recaudar suficiente para pagar sus cuentas sin hacerle daño a nadie y llega a su casa temprano con el alba de la mano, justo a la hora en que llega periódico. Dentro de su casa la esperan sus dos hijos (o ninguno, o tres o cuatro), su perrito y el inútil de su marido alcohólico (al que mantiene), quintaesencia barrigona del macharrán nacional . Ella se sienta y lee el diario. Todo es prostitución: se venden los intelectuales, aceptan dinero los políticos y las ideologías juegan a ser veleta del viento triste de una economía que agoniza.
Sigue leyendo: por fin alguien contempla en serio el problema de la droga. Más adelante critican a las amantes mercenarias de Mayagüez, Arecibo, etc. Ella piensa en sus congéneres de Río Piedras y sonríe.
Ella sabe que la venta de sensaciones no debería ser un delito perseguido por la ley; la estupidez sí. La solución al “problema” de las “cenicientas de saldo y esquina”, en palabras de el Maestro, se acabaría legalizando su profesión y ofreciéndoles un buen plan médico y de retiro. La utopía se le atraganta al pensar que algún político, hijo de una compañera de trabajo, se robaría los fondos de ese proyecto y escaparía impune mientras el país se suicida, se droga y se atreve a criticar su milenaria ocupación.
Cierra el periódico, prepara el almuerzo de sus hijos y descansa para enfrentar otra noche de peligro vendiendo satisfacción y fantasías a padres de familia y profesionales que llegan a buscar amor clandestino o la compañía secreta de alguno de sus amigos que atienden a figuras públicas, políticos y policías que se niegan a salir del “closet”.
Me uno a Ismael, "puta proletaria, con permiso, sólo quiero un saludo solidario, presentarle mis respetos". Ojala que esta noche no llueva, carne mercenaria, literatura con tacones, mujer de la noche, cliché con minifalda de cuero, eterna puta, orgullo de la nada.
viernes, 6 de junio de 2008
Yo no soy yo, ahora más evidentemente que nunca
"Of Other Spaces" era el título del ensayo de Foucault que me jodió la cabeza para siempre.
"The mirror is, after all, a utopia, since it is a placeless place. In the mirror, I see myself there where I am not, in an unreal, virtual space that opens up behind the surface; I am over there, there where I am not, a sort of shadow that gives my own visibility to myself, that enables me to see myself there where I am absent: such is the utopia of the mirror. But it is also a heterotopia in so far as the mirror does exist in reality, where it exerts a sort of counteraction on the position that I occupy. From the standpoint of the mirror I discover my absence from the place where I am since I see myself over there. Starting from this gaze that is, as it were, directed toward me, from the ground of this virtual space that is on the other side of the glass, I come back toward myself; I begin again to direct my eyes toward myself and to reconstitute myself there where I am. The mirror functions as a heterotopia in this respect: it makes this place that I occupy at the moment when I look at myself in the glass at once absolutely real, connected with all the space that surrounds it, and absolutely unreal, since in order to be perceived it has to pass through this virtual point which is over there.", decía su párrafo maldito.
Me adueñe del concepto sin saber que se adueñaba de mi. Rompí todos los espejos de casa y me descosí un costado con un cuchillo de cocina para buscar eso que yo creía, inutilmente, que era. No encontré nada y decidí guardar la palabra esencia y dos lágrimas de cocodrilo en un cofrecito. Me olvidé de ocupar los espacios, de nada servía, todo era nada y el nihilismo nietzscheniano me rondaba como una mosca hambrienta.
Tallé el concepto a mi conveniencia (característica que me ayudó a recordar lo que es creerse humano) y me apoyé en la heterotopía de madera hasta las postrimerías de mi tesis, llorando por dentro y botando aceite por la herida del costado.
Pasó un año y el recuerdo del espejo gritaba debajo de mi cama como los gatos a las tres de la mañana. Mi debilidad ganó y claudiqué: leí el abismo por milésima vez. ¿Dónde carajo puse la novela de Torrente Ballester? A lo peor se lo fumó el cadáver del espejo.
"The mirror is, after all, a utopia, since it is a placeless place. In the mirror, I see myself there where I am not, in an unreal, virtual space that opens up behind the surface; I am over there, there where I am not, a sort of shadow that gives my own visibility to myself, that enables me to see myself there where I am absent: such is the utopia of the mirror. But it is also a heterotopia in so far as the mirror does exist in reality, where it exerts a sort of counteraction on the position that I occupy. From the standpoint of the mirror I discover my absence from the place where I am since I see myself over there. Starting from this gaze that is, as it were, directed toward me, from the ground of this virtual space that is on the other side of the glass, I come back toward myself; I begin again to direct my eyes toward myself and to reconstitute myself there where I am. The mirror functions as a heterotopia in this respect: it makes this place that I occupy at the moment when I look at myself in the glass at once absolutely real, connected with all the space that surrounds it, and absolutely unreal, since in order to be perceived it has to pass through this virtual point which is over there.", decía su párrafo maldito.
Me adueñe del concepto sin saber que se adueñaba de mi. Rompí todos los espejos de casa y me descosí un costado con un cuchillo de cocina para buscar eso que yo creía, inutilmente, que era. No encontré nada y decidí guardar la palabra esencia y dos lágrimas de cocodrilo en un cofrecito. Me olvidé de ocupar los espacios, de nada servía, todo era nada y el nihilismo nietzscheniano me rondaba como una mosca hambrienta.
Tallé el concepto a mi conveniencia (característica que me ayudó a recordar lo que es creerse humano) y me apoyé en la heterotopía de madera hasta las postrimerías de mi tesis, llorando por dentro y botando aceite por la herida del costado.
Pasó un año y el recuerdo del espejo gritaba debajo de mi cama como los gatos a las tres de la mañana. Mi debilidad ganó y claudiqué: leí el abismo por milésima vez. ¿Dónde carajo puse la novela de Torrente Ballester? A lo peor se lo fumó el cadáver del espejo.
jueves, 29 de mayo de 2008
Bienvenidos a la muerte

Las fotos están tomadas desde una avioneta y tienen esa calidad que deja mucho que desear. Se trata de una tribu aislada que apareció a orillas del río Las Piedras en la Amazonía Sureste de Perú y que me dan una pena que no puedo empezar a describir.
"Es absurdo decir que existe gente aislada cuando nadie la ha visto," dijo Daniel Saba, Presidente de Perupetro, la compañía petrolera del Estado de Perú y típico mercenario de manos negras. Es decir, la tribu ya cumplió con su propósito existencial: probar que Mr. Saba no sabe un carajo y que, como era de suponer, sólo se trata de otro petrolero con ganas de talar la selva en dos días y que el que venga detrás se las arregle.
Yo miro las fotos y los veo pintaditos y defendiendo sus chozas, con su terror al eclipse y su hermosa ignorancia sana y me arde la sangre. En su santa inconsciencia le disparan flechas a la avioneta mientras desde la elevada barriga del endiosado pájaro de hierro les escupen un ruido de miedo y les tiran fotos para la prensa.
Ya veo a la panda de salvadores internacionales llevándole un biblia y una colección de enfermedades desconocidas que los matarán en un par de meses. Me los imagino ya con la camiseta de las Spice Girls que les regalaron los del Salvation Army caminando por la tierra que habitan sabrá Dios hace cuánto y a la vez perdidos entre la gente nueva y la pasajera lumbre agresiva de los flashes. Los imagina mirando con recelo de animal acorralado la cámara de la National Geographic y la de la BBC y maldiciendo a su deidad por fallarles así y mandarles los demonios blancos.
Perderán la batalla y terminarán civilizándose. Ya los oigo agradeciendo en su lengua el milagro de la democracia, las aspirinas, el chicle, las baterías, la cremita para el sol, los M&M's, los fósforos y las chancletas metedeo. Los veo cambiando el taparabos por pantaloncitos de correr y enganchándose un relojito sin cuerda a la muñeca para que marque su destiempo o el fin de su tiempo.
Veo el pietaje del Discovery Channel y las protestas porque los petroleros y los madereros ilegales de caoba ya se los fumaron para hacer el nuevo escritoria de Donald Trump y llenar de gasolina la limusina de Bush. Veo al último infeliz con el alma rota y los ojos como lagunas de dolor mirando la interminable fila de imbéciles con ipod que se acercan hasta el museo de turno para verlo sentado. Ellos no saben lo que les espera. Quiero aislarme y llorar.
"Es absurdo decir que existe gente aislada cuando nadie la ha visto," dijo Daniel Saba, Presidente de Perupetro, la compañía petrolera del Estado de Perú y típico mercenario de manos negras. Es decir, la tribu ya cumplió con su propósito existencial: probar que Mr. Saba no sabe un carajo y que, como era de suponer, sólo se trata de otro petrolero con ganas de talar la selva en dos días y que el que venga detrás se las arregle.
Yo miro las fotos y los veo pintaditos y defendiendo sus chozas, con su terror al eclipse y su hermosa ignorancia sana y me arde la sangre. En su santa inconsciencia le disparan flechas a la avioneta mientras desde la elevada barriga del endiosado pájaro de hierro les escupen un ruido de miedo y les tiran fotos para la prensa.
Ya veo a la panda de salvadores internacionales llevándole un biblia y una colección de enfermedades desconocidas que los matarán en un par de meses. Me los imagino ya con la camiseta de las Spice Girls que les regalaron los del Salvation Army caminando por la tierra que habitan sabrá Dios hace cuánto y a la vez perdidos entre la gente nueva y la pasajera lumbre agresiva de los flashes. Los imagina mirando con recelo de animal acorralado la cámara de la National Geographic y la de la BBC y maldiciendo a su deidad por fallarles así y mandarles los demonios blancos.
Perderán la batalla y terminarán civilizándose. Ya los oigo agradeciendo en su lengua el milagro de la democracia, las aspirinas, el chicle, las baterías, la cremita para el sol, los M&M's, los fósforos y las chancletas metedeo. Los veo cambiando el taparabos por pantaloncitos de correr y enganchándose un relojito sin cuerda a la muñeca para que marque su destiempo o el fin de su tiempo.
Veo el pietaje del Discovery Channel y las protestas porque los petroleros y los madereros ilegales de caoba ya se los fumaron para hacer el nuevo escritoria de Donald Trump y llenar de gasolina la limusina de Bush. Veo al último infeliz con el alma rota y los ojos como lagunas de dolor mirando la interminable fila de imbéciles con ipod que se acercan hasta el museo de turno para verlo sentado. Ellos no saben lo que les espera. Quiero aislarme y llorar.
miércoles, 28 de mayo de 2008
Ante la posibilidad de que quede algo...
Hace unos días entré en un Sam's de nosedonde y, para no variar, busqué la oportunidad de escaparme hasta el área de los libros. Sólo me sirvió para deprimirme. Códices, secretos, María Magdalena, códigos, misterios, invenciones apócrifas, sociedades secretas: todo es la misma mierda. Historia, ficción y basura en un gran vómito comercial. La salida fácil sería culpar a Dan Brown, escritor mediocre en sus mejores momentos, pero la realidad es que la culpa es de los lectores light que patrocinan ese tipo de literatura.
Entonces, hoy, me topo con una declaración del genial Manuel Clavell Carrasquillo: "El libro ha fracasado como objeto cultural y asistimos al holocausto caníbal de su ruina". Si le doy la razón voy a tener que llorar y saltar desde el enfermo edificio en que trabajo. Si reniego de lo que expone, me costará un huevo encontrar suficientes palabras gordas para coser un discurso coherente sin costura pasional que logre desbancar lo que dice. Me niego a hacer ambas.
El punto es que la literatura agoniza desde hace mucho tiempo, pero me niego a declarla muerta. El día que levanten el cadáver, quiero que me entierren con ella.
Vivo entre libros. Lejos de ser una declaración moralista o nostálgica es una simple declaración de lo que soy y lo que hago. Al que no le guste, perfecto. No soy mejor que nadie y peor que muchos.
Uno de los puntos/lanza de Carrasquillo es que la lectura no te hace una mejor persona. Estoy totalmente de acuerdo. No obstante, soy de la opinión de que la letura pesada, clásica, recomendable, aburrida, académica o como le quieran llamar hoy en estos tumultuosos tiempos posmodernos, promueve el desarrollo de una musculatura cerebral recomendable, amplía el vocabulario y nos ayuda a escapar sistemáticamente de la dolorosa estupidez que nos rodea a diario. Llevo esa consigina colgada en la frente, justo al lado de mis pecados. Prefiero que me coja de imbécil un hijo de puta mucho más inteligente que yo que perder mi tiempo con zombies mentales fanáticos de Objetivo Fama. Prefiero aguantar la pesada baba ilustrada de los comemierdas académicos releídos que escuchar la incesante muestra de atrofia neuronal que sale de la boca de los descerebrados de este país en la calle, la televisión, la prensa, etc.
Mis mejores amigos siempre fueron los libros. No sé si lo aprendí de mi viejo, si es resultado de mi aversión rampante por el animal humano o simplemente designio del destino. No me agrada mucho Shakespeare, "Cumbres Borrascosas" me aburrió y "Madame Bovary" se me hizo interminable. Lovecraft está ubicado muy cerca de mi Olimpo de Escritores y Bukowski me hace falta de vez en cuando: estoy muy lejos de ser perfecto. No se trata de leer sólo ladrillos clásicos, se trata de asesinar a los Dan Bowns del mundo, de meterle una bala entre ceja y ceja a todo aquel que tenga un puto panfleto de Paulo Cohelo como referente inmediato y... ni siquiera voy a empezar con las histércias feministas sufridas que pululan en América.
Nada me consuela. Clavell Carasquillo tiene toda la razón, pero yo sé que le duele.
Ante la posibilidad de que quede algo, yo sigo leyendo.
Entonces, hoy, me topo con una declaración del genial Manuel Clavell Carrasquillo: "El libro ha fracasado como objeto cultural y asistimos al holocausto caníbal de su ruina". Si le doy la razón voy a tener que llorar y saltar desde el enfermo edificio en que trabajo. Si reniego de lo que expone, me costará un huevo encontrar suficientes palabras gordas para coser un discurso coherente sin costura pasional que logre desbancar lo que dice. Me niego a hacer ambas.
El punto es que la literatura agoniza desde hace mucho tiempo, pero me niego a declarla muerta. El día que levanten el cadáver, quiero que me entierren con ella.
Vivo entre libros. Lejos de ser una declaración moralista o nostálgica es una simple declaración de lo que soy y lo que hago. Al que no le guste, perfecto. No soy mejor que nadie y peor que muchos.
Uno de los puntos/lanza de Carrasquillo es que la lectura no te hace una mejor persona. Estoy totalmente de acuerdo. No obstante, soy de la opinión de que la letura pesada, clásica, recomendable, aburrida, académica o como le quieran llamar hoy en estos tumultuosos tiempos posmodernos, promueve el desarrollo de una musculatura cerebral recomendable, amplía el vocabulario y nos ayuda a escapar sistemáticamente de la dolorosa estupidez que nos rodea a diario. Llevo esa consigina colgada en la frente, justo al lado de mis pecados. Prefiero que me coja de imbécil un hijo de puta mucho más inteligente que yo que perder mi tiempo con zombies mentales fanáticos de Objetivo Fama. Prefiero aguantar la pesada baba ilustrada de los comemierdas académicos releídos que escuchar la incesante muestra de atrofia neuronal que sale de la boca de los descerebrados de este país en la calle, la televisión, la prensa, etc.
Mis mejores amigos siempre fueron los libros. No sé si lo aprendí de mi viejo, si es resultado de mi aversión rampante por el animal humano o simplemente designio del destino. No me agrada mucho Shakespeare, "Cumbres Borrascosas" me aburrió y "Madame Bovary" se me hizo interminable. Lovecraft está ubicado muy cerca de mi Olimpo de Escritores y Bukowski me hace falta de vez en cuando: estoy muy lejos de ser perfecto. No se trata de leer sólo ladrillos clásicos, se trata de asesinar a los Dan Bowns del mundo, de meterle una bala entre ceja y ceja a todo aquel que tenga un puto panfleto de Paulo Cohelo como referente inmediato y... ni siquiera voy a empezar con las histércias feministas sufridas que pululan en América.
Nada me consuela. Clavell Carasquillo tiene toda la razón, pero yo sé que le duele.
Ante la posibilidad de que quede algo, yo sigo leyendo.
miércoles, 21 de mayo de 2008
Río Piedras, martes, noche
Esta ciudad es como una sarna vieja que rascamos con gusto. Un guilty pleasure asqueroso que muchos niegan por las mañanas entre la camisa por dentro y frases intelectuales de alto vuelo. Poco importa. Sigues; pies arriba y abajo sobando una acera puerca con olores insultantes y repleta de charquitos de oscuridad. Más arriba el ruido incesante de la variopinta fauna callejara anuncia la llegada de las horas indecibles. Aullidos y sudor bailan tangos en el aire. Dulzón y denso el olor a marihuana y cuneta. El chancleteo de algunos, el pelo largo de otros, las faldas cortas como sentencias, las promesas vacías de los escotes falsos, la mirada intensa de los maricones a la defensiva y mucho sobaco al aire.
La gente se para en círculo con el afán de crear una ilusión de privacidad en el espacio abierto. "Aguaniiiiiileeeee" despeñándose desde las altas bocinas clavadas a la pared como imitadores de Jesús y la voz de Héctor Lavoe pasándose la realidad espaciotemporal por el forro. Cerveza barata pero fría que anestesia el esfuerzo de gato hidráulico de las gargantas que intentan alzarse más allá del pandemonio.
Un tecato se desliza por un poste como largatija hebria y acaricia el maltrecho carrito de compra lleno de latas con la cabeza. Su caída perenne me entretiene. Pienso fugazmente en las pesadillas de Einstein. Aquí la sociología tiembla, la psicología se funde y la etnografía se alcoholiza.
Perla habla de Santo Domingo. Acodados en un pedazo de aluminio, húmedo de sabe Dios qué, miramos al tecato e intentamos mantener vivo el pasado a base de nombrarlo. Gambi y Manu llegan y los divorcios ajenos se convierten en celebraciones anticipadas. En la calle pululan los hijos de nadie, las ansias de alargar la noche hasta el infinito, de encontrar ESO. Ser y estar recobran su importancia y alguien pide un vaso de hielo. El éxito de una perfecta comunicación entre tanto ruido desplaza todas las teorías comunicativas conocidas hasta el momento. Que nadie me hable de hipertextos: todo remite a todo. Es lo que somos. Lastima que todo se acabe.
La gente se para en círculo con el afán de crear una ilusión de privacidad en el espacio abierto. "Aguaniiiiiileeeee" despeñándose desde las altas bocinas clavadas a la pared como imitadores de Jesús y la voz de Héctor Lavoe pasándose la realidad espaciotemporal por el forro. Cerveza barata pero fría que anestesia el esfuerzo de gato hidráulico de las gargantas que intentan alzarse más allá del pandemonio.
Un tecato se desliza por un poste como largatija hebria y acaricia el maltrecho carrito de compra lleno de latas con la cabeza. Su caída perenne me entretiene. Pienso fugazmente en las pesadillas de Einstein. Aquí la sociología tiembla, la psicología se funde y la etnografía se alcoholiza.
Perla habla de Santo Domingo. Acodados en un pedazo de aluminio, húmedo de sabe Dios qué, miramos al tecato e intentamos mantener vivo el pasado a base de nombrarlo. Gambi y Manu llegan y los divorcios ajenos se convierten en celebraciones anticipadas. En la calle pululan los hijos de nadie, las ansias de alargar la noche hasta el infinito, de encontrar ESO. Ser y estar recobran su importancia y alguien pide un vaso de hielo. El éxito de una perfecta comunicación entre tanto ruido desplaza todas las teorías comunicativas conocidas hasta el momento. Que nadie me hable de hipertextos: todo remite a todo. Es lo que somos. Lastima que todo se acabe.
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